“EL MISTERIO DE LA HABITACIÓN CERRADA”; por Claudio Hugo Naranjo

La misteriosa muerte de Jerónimo Larraquy es un hecho real que supera a la ficción y ni siquiera el más listo detective de novela policíaca ha podido encontrarle una explicación fundada tras más de 50 años desde que ocurrió. Enseguida vamos a repasar algunas de esas explicaciones y sus posibles fallos.

19 de enero de 1968.  Larraquy era un joven dueño de una discreta lavandería en ciudad de Córdoba. Trabajaba, y también vivía, en una pequeña habitación-sótano del este de la ciudad. Aquella noche se encontraba trabajando en su habitación. Temeroso de los ladrones, Larraquy había cerrado la puerta y las ventanas por dentro. A eso de las 22:30 una vecina escuchó ruidos de forcejeo (no de disparos) y avisó a la policía.

Cuando acudieron se encontraron que la habitación estaba cerrada desde el interior. Las ventanas también, y aunque las rompieron, eran demasiado pequeñas para que entrara una persona. La policía vio un estrecho ventanuco abierto encima de la puerta e impulsó a un pequeño niño, que a duras penas logró entrar en la habitación y abrió la puerta desde dentro.

Finalmente la policía logró entrar y encontró a Larraquy tendido en el suelo con dos balas en el pecho y otra en la muñeca izquierda, con quemaduras de pólvora que indicaban que Larraquy había recibido los disparos a muy corta distancia.

Nada había sido robado. Las únicas huellas dactilares encontradas fueron de Larraquy. El suicidio se descartó puesto que el arma no apareció y ningún suicida se pega tres tiros. La policía sospechó el asesinato y barajó distintas hipótesis, pero finalmente el Comisario a cargo de la Policía de Córdoba capital cerró el caso, denominándolo “misterio insoluble”.

Así pues, hasta el día de hoy, el misterio de Jerónimo Larraquy sigue sin resolverse. El lavandero parecía haber sido asesinado por un fantasma. Edgar Allan Poe decía: “Es dudoso que el género humano logre crear un enigma que el mismo ingenio humano no resuelva.” Tal vez el caso de Larraquy es una excepción.

Existe un subgénero literario de novela policíaca, denominado “el misterio de la habitación cerrada”, en la que un delito, casi siempre asesinato, se ha cometido en circunstancias aparentemente imposibles. Pero, por supuesto, el escritor siempre da una solución en el último capítulo. Precisamente, el relato de Edgar Allan Poe, “Los crímenes de la calle Morgue” (1841) es generalmente reconocido como el primer ejemplo de este subgénero literario de la “habitación cerrada”, puesto que los crímenes se producen en un apartamento en París, cerrado desde dentro con llave, y plantea un enigma aparentemente insoluble.

Pero volviendo a nuestro caso, muchas han sido hasta hoy las distintas teorías que han tratado de explicar el “misterio de la habitación cerrada” de Jerónimo Larraquy. En 1978 apareció un artículo en la revista de la policía de la Capital Federal, escrito por el patólogo Armando Quintana, relatando un caso similar que podría ofrecer una posible solución al misterio de Jerónimo Larraquy. En resumen: Larraquy pudo ser disparado en el pasillo (su ropa posiblemente absorbió toda la sangre). Se las arregló para escapar de su atacante y tambaleante logró llegar hasta su habitación, donde después de cerrar con llave, murió.

Es poco probable que alguna vez tengamos una explicación totalmente acertada de la muerte del pobre Larraquy, pero casos como este hacen que los intentos del ingenio humano (como decía Poe) por resolver este y otros enigmas resulten fascinantes.

“Ha sido un día agitado, lo voy a narrar en primera persona. Larraquy era un hijo de puta, un enfermo mental, golpeador de mujeres y abusador de niños; las denuncias que se hicieron siempre fueron a parar al tacho de basura. Creía en la impunidad y se floreaba de sus acciones aberrantes… fui el primer policía en llegar al lugar del hecho, aduje a mis subalternos que la puerta estaba cerrada y que buscarán un niño para pasarlo por el pequeño ventanuco abierto, el resto está en el expediente. Lo asesine con placer. Luego, respire profundamente y regrese al lugar del crimen. Larraquy… ya estaba bien muerto.

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