ESOS ESCRITORES QUE ALGUNA VEZ FUERON AGENTES SECRETOS; por Claudio Hugo Naranjo
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Dentro de la literatura de espías, reinventada por el británico, John Le Carré se inserta en una tradición honorable: la línea que busca lo fantástico en la imitación de la realidad.

La novela “Doble Agente” editada en el año 2006 fue el libro que más problemas me trajo; las editoriales no la querían editar, los medios no la querían publicitar y las librerías no la querían vender. Pero se vendió y mucho. Pero ese es otro tema. Fue inspirada en la visión fantástica de John Le Carré, no sólo había que trastocar el presente sino que la idea era modificar el futuro. Ocurrió que los hechos narran la infiltración en el Gobierno Argentino, de aquel entonces, de un Doble Agente que había sido contratado para asesinar al Presidente de la Nación y los acontecimientos transcurrían en Mar del Plata, en la recordada “Cumbre de las Américas”. Cumbre en la que asistieron los presidentes de EE.UU y Venezuela, con todo lo que ello implicaba. “Doble Agente” fue una premonición de muchos hechos que luego ocurrieron en la Argentina. Le Carré hizo posible que en la novela apareciera en todo su esplendor un personaje que se mantuvo a lo largo del tiempo, el “Comandante Montero”, quien vuelve a aparecer en acción en la última novela “Muchos Dedos en el Gatillo”, que trató sobre la muerte del Fiscal Especial Alberto Nisman. Ahora hablaremos sobre nuestro hombre inspirador de grandes y recordadas novelas de espías… John Le Carré.

Una vez David Cornwell, alias John Le Carré, vio cómo un individuo con pinta de acabado contaba monedas antes de atreverse a pedir un whisky en un aeropuerto: ese hombre le serviría de modelo para crear en 1963 a Alec Leamas, el protagonista de El espía que surgió del frío, su tercera novela, un fenómeno de masas, treinta y cinco semanas seguidas número uno en la lista de libros más vendidos del New York Times. Cornwell, de repente escritor millonario, abandonó su trabajo en los servicios secretos británicos. Martin Ritt dirigiría en 1965 la adaptación cinematográfica de El espía…, con Richard Burton y Claire Bloom como estrellas de una angustiosa película en blanco y negro. La sombra del espía surgido del frío había nublado de pronto al fabuloso James Bond.

Alec Leamas no es un superhéroe como Bond. A su amante, antes de llevarla al desastre, le confesaba que los espías son gente sórdida y con mala pinta, borrachos, tristes funcionarios que juegan a indios y cowboys para iluminar un poco sus vidas. Además de incompetentes, serían cínicos, sin convicciones en el fondo, es decir, propensos a la traición. No hay buenos y malos. No hay diferencia entre espías de campos opuestos: como en una pelea en el fango, todos los contendientes salen sucios. Cuando la Inteligencia británica apareció en las historias de Le Carré practicando las mismas perversiones que el enemigo, el hasta entonces funcionario de los servicios secretos David Cornwell provocó la irritación de algunos de sus compañeros de trabajo. No faltó, incluso, quien sugirió posibles connivencias con el bando soviético.

A Kim Philby, legendario agente británico que en 1963, el año de El espía que surgió del frío, admitió su condición de infiltrado al servicio de la URSS, le gustaban las novelas de Le Carré. Se lo dijo a su amigo Graham Greene en 1982. Desde Moscú le escribió que las tramas de John Le Carré le resultaban más complicadas que las que él conocía por su rica experiencia en los servicios secretos, pero que eran una buena lectura después del absurdo sinsentido de James Bond. Y Philby era consciente del rechazo que le merecía a Le Carré, para quien solo era un adicto a la traición y a las emociones de la doble vida. ¿Qué opinaba Graham Greene de El espía que surgió del frío? La definió como “la mejor historia de espionaje que he leído nunca”. Greene pertenecía a la hermandad de lo que Le Carré llama “desertores literarios”, esos escritores que alguna vez fueron agentes secretos.

Un crítico resumió en una frase el significado de la irrupción literaria de John Le Carré: establecía un nuevo parámetro con el que juzgar a las novelas de espionaje. Transformaba de raíz el género y el modelo de los héroes de ficción.

John Le Carré y su criatura George Smiley no solo coinciden en sus gustos literarios. Tienen una idea parecida del espionaje profesional. ¿Qué es un funcionario de los servicios secretos? Alguien que, “evitando cualquier reacción espontánea”, debe eludir “las tentaciones de la amistad y la lealtad”, como explicaba Smiley en una de sus charlas a los nuevos agentes. “Los previno contra la muerte de su naturaleza íntima como resultado de manipular a sus semejantes y eliminar sus sentimientos naturales”, escribió Le Carré en El peregrino secreto (1990). Y seguía hablando Smiley: “No se les ocurra pensar que van a salir incólumes de los métodos que utilicen. El fin puede justificar los medios; de no darlo por supuesto, imagino que no estarían aquí. Pero hay que pagar un precio, y el precio acaba siendo uno mismo”. A eso se le llama “vender el alma”.

Dentro de la literatura de espías Le Carré se inserta en una tradición honorable: la línea que busca lo fantástico en la imitación de la realidad. Pienso en Somerset Maugham, Eric Ambler y Graham Greene. Las afinidades entre Greene y Le Carré son visibles en sus obras. Le Carré partió de una sátira magistral de Greene, Nuestro hombre en La Habana (1958), para inventar a Harry Pendel, el héroe embustero de El sastre de Panamá (1996). En 1978 Graham Greene publicó una novela muy triste, El factor humano, sobre la mecánica de los servicios secretos y la intimidad de un infiltrado, de un traidor. A los altos funcionarios de la Inteligencia británica “no solo los retrataba como idiotas, sino también como asesinos”, comenta con ironía John Le Carré en Volar en círculos, una selección de recuerdos sobre distintos momentos de su vida que aclaran el sentido y la dirección de su trabajo literario.

Cuando Greene indagaba en la conciencia de un traidor, dirigía hacia el interior de un individuo la mirada que Le Carré había puesto en la lógica de la infiltración y el juego de los agentes dobles: sin El topo (Tinker, Tailor, Soldier, Spy, 1974) es difícil pensar en El factor humano. La época en la que David Cornwell sirvió en el MI5 y el MI6 fue propicia a las sospechas, la deslealtad y la deserción. Escribiendo El topo, “la turbia lámpara de Kim Philby iluminó mi camino”, explica Cornwell-Le Carré en Volar en círculos. Pero él mismo había desempeñado labores parecidas a las de Smiley, detector de infiltrados, interrogador de sospechosos como el cazador de replicantes de la película Blade Runner. Estaba dotado para, en Un espía perfecto (1986), seguir la vía abierta por El factor humano hacia la vida interior de un agente doble, Magnus Pym. Lo raro es que el agente doble asumía rasgos del propio Cornwell, alias Le Carré, hijo como Pym de “un millonario indigente”, un estafador profesional, protagonista de algunas de las mejores páginas de Volar en círculos. Philip Roth calificó Un espía perfecto como la mejor novela inglesa posterior a la Segunda Guerra Mundial.

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