«DIORAMA»; por Claudio Hugo Naranjo
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En la ficción, resolver un asesinato a veces es tan sencillo como jugar al solitario haciendo trampa. El mayordomo. En la sala de música. Con el candelabro. Muchas películas, nacidas de las novelas de misterio, se basan en las reglas de oro de la literatura policíaca, que culminan con algo muy claro: Hay que saber, o al menos intuir con mucha certeza, quién es el asesino. Lamentablemente, en la vida real no se manejan los mismos y sencillos patrones y los asesinatos acaban algunas veces irresolutos, como en los mejores thrillers.

Esta es la historia del primer asesinato que dio paso a toda una nueva ciencia en el estudio de la criminalística. La muerte de una joven y la posterior audacia de una mujer cambiaron para siempre la forma y los parámetros de la medicina forense. Ella sola revolucionó para siempre el curso de las investigaciones.

El 11 de febrero de 1946 en la ciudad de Rosario, la joven Marisa Robledo salió de casa con dirección a la carnicería local de su barrio. Era lunes por la tarde y la estudiante de secundaria se encontraba de vacaciones de verano. Según los registros Marisa llegó al local alrededor de las 14:00 y compró carne para hacer hamburguesas, la cena que su madre tenía planeada.

Pero ahí se perdió su pista. Pasaron las horas y la joven no regresó a casa. Alarmada, su madre telefoneó a un vecino cuya hija era amiga de Marisa. También llamó a la carnicería pero nadie sabía nada sobre el paradero de la chica. Cuando llegó la noche la madre de Marisa llamó a la policía para informar de la desaparición de su hija.

Pasaron los días y seguían sin surgir pistas sobre la estudiante. Su desaparición era la comidilla del vecindario y pronto comenzaron a especular sobre las causas de su desaparición. Finalmente dan con una pista que lleva al oficial Roberto Pascal hasta la casa destartalada en la que vivía por temporadas el cura de una Iglesia. La casa estaba vacía y el cura estaba de vacaciones, pero alguien había comunicado a la policía que le pareció escuchar ruidos durante la semana.

Pascal entró en aquella vieja casa junto con otros dos oficiales. Subieron las escaleras y accedieron hasta las habitaciones. Allí se encontró el cuerpo de Marisa. Estaba junto a unas ventanas cerradas, entre unos muebles. La joven yacía de espaldas y el olor delataba que habían pasado varios días desde su muerte.

Sus brazos y piernas estaban extendidos, como en señal de lucha, y en el centro de su estómago se podía ver claramente un cuchillo de cocina clavado. El vestido blanco de la joven había sido abierto exponiendo su pecho. Las marcas de mordedura y arañazos cubrían prácticamente todo el cuerpo y las piernas. La sangre de las heridas se había filtrado y había formado una piscina teñida de rojo en el suelo. Marisa llevaba puesto todavía el lazo del pelo rojo y las zapatillas de ballet a juego con las que había salido de su casa el lunes.

Cuando el oficial Pascal encontró el cadáver eran las 19:00 horas del 18 de febrero de 1946. Desde entonces, el trágico final de Marisa se ha conservado para siempre en un extraño diorama en miniatura que captura la brutalidad de lo ocurrido con todo tipo de detalles. Su muerte dio paso a un nuevo tipo de investigación.

Un diorama es un tipo de maqueta que muestra figuras de todo tipo como punto focal de su composición, siempre presentados dentro de un entorno y con el propósito de representar una escena. La ciencia forense cambia los paradigmas y comienza una nueva era en la investigación criminal.

Por cierto, la muerte de Marisa Robledo se resolvió, pero es mejor guardar el secreto para preservar su utilidad en los crímenes futuros.

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