Murió como había vivido, rápido y furioso; por Juan Manuel Naranjo
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El boxeo argentino se nutrió a lo largo del tiempo de grandes gladiadores que nos ubicaron en el peldaño más alto del boxeo mundial; todos o la gran mayoría llegaron de las clases más bajas, vieron la hambruna desde la cuna, ellos descubrieron en las calles el poder de sus puños y se aferraron a la última esperanza, que el boxeo salvará sus vidas y la de sus familiares. A otros, los menos, les tocó hundirse en el barro de la delincuencia, pocos de ellos lograron salir, otros, cayeron abatidos por las balas policiales.

Esta historia cuenta de que cerca puede estar el cielo del infierno. Tuvo una infancia marcada por la pobreza. Conoció todos los penales. Empezó a boxear en la cárcel. Fue un ladrón de armas llevar. Tuvo su momento de gloria en el boxeo y cayó acribillado por las balas policiales junto a un hermano y dos cómplices.

El 23 de julio de 1984, no fue un lunes cualquiera. Fue un día trágico para el deporte en general y el boxeo en particular. Caía abatido bajo las balas policiales César Abel Romero, un excelente boxeador de la categoría peso mediano nacido en Merlo provincia de Buenos Aires al cual se le auguraba un excelente futuro profesional.

En el mundo del duro deporte de los puños, se lo conocía como “La Bestia” por su potente y letal mano derecha y por su asimilación al castigo. O “El guapo de las villas de Merlo” de donde era oriundo. A modo de anécdota cuentan que una vez, sufrió la fractura de la tibia y peroné y a menos de 40 días ya estaba peleando. Era un duro.

César Abel murió como había vivido, rápido y furioso, sufrió una triste niñez y casi no tuvo adolescencia, se crió en medio de la pobreza junto a sus siete hermanos, hijo de una ama de casa y de un empleado ferroviario y chapista. Rápidamente ganó la calle para ayudar al sustento familiar. Fue entre otras cosas caddie en un club de golf cercano a su casa, sodero, repartidor de vinos y también chapista como su padre.

La historia dice que César Abel, tenía un fuerte carácter y se mezcló con personas del bajo fondo. Visitó por primera vez a una comisaría a los once años, había sido detenido por pegarle a un borracho de 36 años porque no lo dejaba entrar a un billar de la zona. El hombre terminó debajo de una mesa, Romero media 1,86 y nadie imaginaba su edad. A los 12 años, se tatuó una mujer en el pecho que con el tiempo se convertiría en un águila que según él, simbolizaba la libertad en su máxima expresión. Después se tatuó los brazos, las piernas, el torso, la espalda y hasta el pene. Para muchos, era ladrón antes que boxeador y de eso no hay dudas.

Sin querer comenzaba su vida delictiva, para hacer plata fácil, se juntó con mucha gente pesada de la zona. Al principio eran simples rateros, de los galpones donde guardaban los trenes robaban todo tipo de materiales metálicos. Con los años levantaban autos que eran desguazados en los desarmaderos. A los 17 años ya era un ladrón que gozaba de una pequeña fama, pero le duró poco y cayó preso cuando intentaba robar en una quesería.

Fue condenado a cinco años de cárcel y por su conducta, pasó la mitad de esa condena en un calabozo del penal de Mercedes. Fue ahí que conoció a “El Cholo” Gigena que veía cómo “El grandote”, se defendía en las peleas tumberas y comenzó a enseñarle boxeo. Lo entrenaba con una ojota y, utilizaba a otros compañeros de infortunio como sparring. La rutina consistía en una sesión de abdominales, 45 minutos de soga, y correr entre las aguas servidas y presos malolientes.

Se convirtió en un asiduo visitante de los penales de Olmo y Villa Devoto en Buenos Aires por hechos que de a poco lo iban marcando en su derrotero. En 1978, tenía 23 años,  recuperó la libertad y prometió que nunca más volvería a la cárcel y así fue. Cayó acribillado por ocho disparos en su cuerpo cuando intentaba asaltar la terminal de ómnibus de la línea 378 en Isidro Casanova.

La historia deportiva dice que César Abel Romero, alias “La Bestia”, entre los  amateurs combatió 33 veces de las cuales ganó 31 en unos tres años. Era una máquina de pegar, peleaba casi una vez por mes. Se hizo profesional el 20 de marzo de 1982. Debutó frente a Víctor Robledo y después de pelear  en Mar del Plata, Pergamino, Mar de Ajó, Paraná, Junín y Moreno perdió el invicto frente a Marcelino Carreras en el Luna Park, Romero había elegido como padrino deportivo a Carlos Salvador Bilardo, técnico de Estudiantes de La Plata.

También le ganó a Hugo Horacio Carriego y le quitó el invicto a Juan Carlos Giménez. Le quedaba un obstáculo en la Argentina para figurar en las grandes carteleras del mundo; el uruguayo José María Flores Burlón. La pelea se hizo el 30 de julio de 1983 en el mítico Luna Park y Romero  contra todos los pronósticos, le ganó por nocaut en el segundo round. La prensa especializada decía que fue una de las mejores victorias de Romero. Para esa fecha, su récord indicaba que tenía 21 peleas; 15 ganadas, (12 por nocaut), 3 empates y 3 perdidas que lo ubicaron en el sexto lugar del ranking del Consejo Mundial de Boxeo. Pero su destino estaba marcado.

Ese triunfo le abrió las puertas de Europa. Juan Carlos Lectoure le consiguió una pelea con Fulgencio Obelmejías en el estadio Louis ll de Montecarlo. Dos días antes de la pelea, pactada para el 14 de julio de 1984, el grupo argento estaba alojado en el hotel Mirabau y lo integraba Lectoure, Romero, Juan Domingo “Martillo” Roldán, que por esa época era su sparring. Los entrenadores; Adolfo Robledo, Carlos «Bocha» Martinetti y Luis Abbá también ayudante de Roldán. Si ganaba se aseguraba una pelea por el título del mundo y una bolsa de un millón de dólares en Las Vegas. Pero no fue así, cayó por puntos.

Ernesto Cherquis Bialo de la revista El Gráfico contaba que cuando la delegación argentina estaba en Montecarlo, llamaba la atención la mala relación entre Romero y Roldán. Algo raro entre boxeadores profesionales lejos del país que compartían entrenamientos y muchas cosas más.

El periodista dice que en una de esa tardes Romero hizo un comentario que a Roldán no le gustó mucho. “La Bestia” habría dicho: “Un día mi suegra me hinchaba mucho las pelotas hasta que le pegué un piñón y no jodió más”.

Tal fue la distancia que tomaron uno de otro, que en una sesión de guanteo, Roldán le pegaba muy duro a la zona baja. Romero no dijo nada y dos round después confesó que tenía mucho dolor en una de sus costillas. Era verdad. Los estudios médicos lo confirmaron. Tenía una fractura.

No hubo más guanteo entre ambos para que la lesión no se agravara y se suspendiera la presentación.

También dicen que muy cerca del Mirabau había una pensión llamada Miriam, (tiene que haber sido de un sudamericano), allí se alojaron “El Cabezón” Rodríguez y Saúl Mario Romero, los únicos acompañantes que estaban en condiciones de salir del país y que fueron advertidos por los otros  integrantes de la delegación argentina. “No vayan a hacer una macana porque acá los meten presos de una”.

Los otros hermanos de La Bestia, Miguel Ángel y Jorge Antonio, habían caído en una refriega policial y su otro hermano José Luis, estaba preso en Mercedes. Una familia complicada y de pesados.

“No le había sido fácil llegar hasta ahí, tenía ‘libertad condicional’ y para poder salir del país un juez de turno le dio un permiso especial. Acababa de cumplir más de cinco años en el penal de Mercedes”. Decía Cherquis Bialo en El Gráfico. Después de lo que fue un papelón, volvió a Buenos Aires. El lunes 16, nueve días después volvía a las andanzas delictivas. No podía dejar de robar.

La prensa policiaca señalaba en 1984: “El lunes 23, Romero a eso de las siete de la mañana, junto con su hermano Saúl Mario llegaron a la casa de Daniel “El Cabezón” Rodríguez en Paraguay al 200 en Merlo a bordo de un Dodge 1500 y luego de tomar unos mates, y un breve comentario le comentaron el motivo de la visita.

Salieron los tres y en el camino levantaron a Carlos María Centurión. Ya tenían todo planeado. Una hora y media más tarde robaron VW Gacel en Ramos Mejía. A los pocos minutos entraron fuertemente armados a las oficinas de la Empresa de Autopartes la Costera. Sin la violencia y sin utilizar las armas, se llevaron más de dos millones y medio de pesos argentinos.

Tenían la información que en la terminal de la línea Almafuerte, en Isidro Casanova, había un buen botín y allá fueron. El botín fue menor del esperado, no llegó a los 34 mil pesos. Pero algo peor estaba por pasar, el hombre al que le robaron el Gacel ya había realizado la denuncia. Antes de que pudieran salir de la empresa asaltada la policía los esperaba armas en mano. 

Los relojes marcaban poco más de las once de la mañana. La barriada populosa del Gran Buenos Aires se sacudió con las detonaciones. La balacera fue infernal, el aire se llenó de olor a pólvora y de muerte. De un lado el comisario Héctor Alcántara y siete efectivos, disparaban parapetados detrás de tres patrulleros, adentro cuatro  peligrosos ladrones les hacían frente dispuestos a todo. Vivir o morir.

La crónica policial dice que previo al enfrentamiento hubo un breve diálogo, seguramente para que los cacos se entregarán. Nada de eso ocurrió y comenzó la balacera. El conocido ríndanse están rodeados, fue la señal para que desde adentro se iniciara la lluvia de balas. Todavía quedaban para sacar del bolso pistolas calibres 38, 32 y Colt 45, todo un arsenal.

Pelucas y anteojos que habían usado a modo de disfraz, estaban tirados en el piso. “La Bestia” había elegido un ventanal para disparar. Tenían poder de fuego, agarro una Itaca y un Winchester automático, los otros, Rodríguez, su hermano Saúl y Carlos Centurión disparaban con 9 milímetros.

La balacera duró cuarenta minutos. “La bestia” Romero terminó acribillado de ocho balazos, boca arriba en la entrada, igual que su hermano Saúl, “El Cabezón” Rodríguez y Centurión.

Abel César Romero nació en Merlo el 25 de enero de 1955 y tenía dos hijos. Sus padres Antonia y Servando vivían en las calles 1° de Mayo y San Martín, en una casa muy humilde donde a duras penas había podido criar a sus siete hijos.

“La Bestia” Romero tenía 29 años. Quienes lo conocieron aseguran que se prometió que ése iba a ser el último golpe, uno grande y, que después se retiraba del mundo del hampa.

Romero fue velado en Morón y enterrado en el cementerio de Santa Mónica en Merlo. El cortejo fúnebre fue seguido por los vecinos pobres. Una caravana de autos y camionetas desvencijadas. Pibitos con las zapatillas rotas que lo habían visto entrenar en las veredas del barrio La Blanquita.

Silencio en todo Merlo. Silencio en los bares y billares de Avenida Libertador, vecinas con las bolsas de los mandados comentaban los sucesos en la vereda. Los hombres especulaban  y sacaban conclusiones en los umbrales de las casas al regreso del trabajo. Ahora solo queda la crónica policial. La tierra se tragaba el imponente cuerpo del boxeador con sus 32 tatuajes antes de que estos se pusieran de moda.

Un par de días antes, en el hotel Mirabau de Montecarlo, Romero le había dicho a uno de los periodistas argentinos que viajaron a Montecarlo; “Como está mi vida hoy, es imposible que vuelva a la cárcel. Totalmente imposible…ahora eso sí, si hago una macana prefiero ser boleta antes que volver”. Y así fue. Murió como había vivido, rápido y furioso.

Por Juan Manuel Naranjo

Boxeador

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