Con el pretexto de la escritura, Lavín retrata el alma humana; por Mariana Dorrego
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Obsesionada con la idea de dibujar con palabras lo cotidiano del mundo que ve, la escritora mexicana Mónica Lavín es una especie de retratista del alma humana, lo cual confirma en su nueva antología de cuentos, “A qué volver”.

“Me interesan las pequeñas cosas. El cuento me permite iluminar de manera más precisa, como un seguidor en el teatro, la oscuridad que nos habita, la oscuridad de los personajes. A mí lo que me importa es la fragilidad humana”, asegura Lavín.

La antología, publicada por el sello Tusquets, reúne 44 piezas rescatadas de los libros de cuentos de Mónica. En ella desvela sentimientos de los seres humanos casi siempre con historias cortas.

En una de sus joyas cierto personaje es presa del miedo, en otra se expresa amor a la libertad, una tercera aborda el tema de la soledad y en una más una escritora debe entrar por el aro y seguir las reglas de la editorial o correr el riesgo de no ser publicada.

“Ese cuento es una crítica al mundo donde vivimos, de mercado, donde importa la figura”, revela al referirse al cuento “Inés no da entrevista”, en el cual una obra es firmada por un autor que nadie conoce y al cual la prensa nunca encontró.

Mónica es graduada de la carrera de biología. De joven trabajó como investigadora unos cuatro años. De esa profesión le quedó la curiosidad, la capacidad de sorpresa y la buena vista, herramientas decisivas a la hora de escribir.

“La biología me entrenó la mirada. Veíamos una montaña y teníamos que tocar el suelo, ah sí, este es diferente, decíamos. Ese entrenamiento del detalle me importa mucho. La biología me puso en circunstancias no habituales, estar en el desierto, en una zona de pescadores, aprender otros mundos. Eso fue atractivo”, reconoce.

A finales del siglo pasado Mónica Lavín estuvo en un concierto de Rolling Stones en la Ciudad de México. Encontró lugares adelante y en un momento cayó a sus pies la plumilla del guitarrista Keith Richards. Ahí surgió el cuento “La uña de Richards” en el que la autora recrea la historia con los elementos de la ficción.

En ese cuento, como en otros del libro ,desvela su destreza en la construcción de diálogos, algo heredado de sus lecturas de los narradores estadounidenses Ernest Hemingway y Raymond Carver, dos de sus cuentistas favoritos junto a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Jhon Cheever y Guy de Maupassant.

“Era torpe con los diálogos, me entrené leyendo y escribiendo. Los estadounidenses son buenos con los diálogos”, dice y destaca su predilección por los autores sureños, encabezados por William Faulkner y Carson Mc Cullers.

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