«TRAICIÓN… ES LA PALABRA QUE MARCÓ A FUEGO MI VIDA»; por Claudio Hugo Naranjo

En un evento de artes marciales mixtas (MMA) llevado a cabo la ciudad de Kokomo, en el estado de Indiana, se ha visto una de las peleas más bizarras de los últimos años. Un luchador fingió un ataque al corazón para atacar a su rival a traición y luego se arrepintió de su artero método para ganar.

En medio de la pelea, Johnathan Ivey simuló un verdadero ataque al corazón llevándose la mano al pecho, lo que hizo que Fulton se distraiga por unos segundos. En ese momento, Ivey se lanzó sobre él con una seguidilla de golpes que lo derribaron y lo dejaron al borde de la derrota. Eso es traición. No deportiva. Es traición contra la vida. No sólo finge arriba de un ring. Finge el hombre ante la sociedad.

La traición es aquella falta que quebranta la lealtad o fidelidad que se debería guardar hacia alguien o algo. Consiste en renegar, ya sea con una acción o con un dicho, de un compromiso de lealtad. Traicionar es defraudar. Cuando una persona confía en otra y ésta actúa de una manera contraria a la esperada, se dice que la traiciona. Por ejemplo: “Le di toda mi confianza, nos casamos y ella cometió la traición de irse con otro hombre”“El presidente del club no pudo soportar la traición del delantero, que negoció a escondidas con un equipo rival y terminó dejando al plantel en la mitad de la temporada”. Esto es traición con diferentes matices. Pero es traición.

La traición es una de esas circunstancias que podemos sufrir en silencio durante un tiempo, y que pueden herir el corazón de la persona traicionada. Ya sea por parte de la pareja, un amigo, miembros de la familia o un compañero de trabajo, esta situación despierta emociones muy intensas y dolorosas. Y es que la pérdida de confianza que se produce con el “traidor” hace muy difícil la reconciliación con esa persona. De hecho, en muchos casos, después de la traición existe un proceso de duelo en el que toca aceptar la situación. Un proceso de duelo complicado, porque las circunstancias no son las ideales para sanar las heridas.

Con el tiempo, sin embargo, uno puede rehacer su vida y seguir adelante. Incluso puede llegar a perdonar a la otra persona. No es mi caso.

No le deseo la muerte a nadie, pero solo por propósitos educativos, tengo que hacerles una advertencia a quienes sueñan con esa carrera, la profesión de traidor es una de las más peligrosas del mundo. Mi psicólogo me dice mientras consume sus onerosos 40 minutos de fama: “Claudio, eso es ser extremista”. Después de abonarle, cuando el profesional no tiene más remedio que enfrentarse al extremista fuera de contrato, me comenta en un tono susurrante: “No debiera hacerlo, pero lo que dijiste es verdad”. Le respondí antes de reventarle la puerta del consultorio: “Vos también, sos un traidor”.  

La vida se divide en lealtades y traiciones, es como decir tal funcionario trabaja bien y no roba; El no robar y la lealtad son indiscernible. La traición es cognitiva con respecto a nuestra educación. Los seres humanos somos animales sociables y gregarios, que vivimos en comunidades y que hemos evolucionado para compartir nuestra vida con los demás. Esto es algo que, cada vez más, se va perdiendo, hasta el punto de que en nuestras sociedades estos lazos se han debilitado mucho.

Sin embargo, lo cierto es que, en el pasado, cuando vivíamos en tribus (incluso antes, cuando éramos más animales que humanos), estos lazos eran fundamentales para que la tribu (y sus individuos) sobreviviesen. Lógicamente, cuando uno de los miembros de la tribu traicionaba la confianza de los demás, no solo se perdía algo de dinero o se acababa una relación amorosa. La traición de un miembro de la tribu podía significar la desaparición física de la tribu entera.

Por tanto, hemos evolucionado para que los lazos de confianza sean máximos y la traición nos resulte absolutamente despreciable. Es cierto que, a día de hoy, la traición puede que no tenga esos efectos tan profundos como la desaparición de una tribu entera. Sin embargo, aunque la traición solo signifique descubrir que han hablado mal a nuestras espaldas (incluso sin que eso tenga consecuencias relevantes), nos parece un acto deleznable.

Mi ex psicólogo me decía que debía analizar por qué sucedió la traición. “No tengo tiempo”, le contestaba. Y seguía, “no ser duro contigo mismo” “no guardar rencor” “aceptar la situación” “tomarte tu tiempo” “ser sincero” “perdonar”. Todas estas recomendaciones me las hacía dentro de su lapsus de fama que yo le otorgaba. Recorrer el manual de asistencia al acostado es deprimente. Pensar que le pagaba.

En la anteúltima función –me gusta llamarla así- le conté cuál había sido mi decisión ante algunas traiciones; muy lentamente –por pedido de él- le narré, como con mucha paciencia (tiempo oriental) fui facturando mis cuentas pendientes. Para no aburrir voy a ser terminante –pues, es la última etapa de mi vida-, los elimine. La prisión te enseña pocas cosas. Una, yo la rescate. “Se mata sin hacer ruido y se sale sin dejar huellas”. Aun me quedan algunas cuentas pendientes, que pasaré a cobrarlas mañana temprano. Para culminar mi última carta… “el que avisa no traiciona”. Nos vemos.

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