Tolstói se llevó al lecho de muerte a los Karamázov de Dostoyevski: por Mariana Dorrego
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Las dos obras maestras del conde y gran literato ruso, Lev Nikoláyevich Tolstói (1828-1910), “Guerra y paz” y “Anna Karénina”, novelas cumbres del realismo, que, a juicio de muchos especialistas, no han sido aún superadas, no son más que dos jarros, aunque abundantes, en los caudalosos ríos de tinta que el genial autor escribió a lo largo de su dilatada vida.

Además de las dos novelas mencionadas, “Cosacos”, “La muerte de Iván Ilich”, “Sonata a Kreutzer”, “Amo y Criado” y “Resurrección”, redactó cuentos, relatos cortos, ensayos, artículos de prensa, cartas y sus diarios personales, un auténtico filón y no sólo para los estudiosos de su vida y obra.

La decisión de Tolstói de dejar leer casi todos esos cuadernillos, primero a su esposa, Sofía Andréyevna, y después a todo el mundo, fue lo que hizo que él y su familia se convirtieran en pasto de los “paparazzis” y la prensa rosa de entonces. “Carecemos de vida privada, nuestra casa es como una campana de cristal a la vista de todos”, declaró una vez a un diario local Alexandra, la hija menor del escritor.

La residencia de los Tolstói en Yásnaya Poliana, en la gubérniya (provincia) de Tula, estaba siempre invadida por reporteros y fotógrafos, especialmente durante los últimos años de la vida del maestro. Los focos de polémica en torno a él eran diversos.

Tolstói experimentó sensibles cambios en su espíritu y concepción del universo al filo de los 50 años, cuando escribía “Anna Karénina”. Evolucionó hacia posiciones contestatarias, se enfrentó a los zares, al régimen establecido. Creó un movimiento, los “tolstóvtsi”, de ideas ascetas, contrario a la propiedad privada de la tierra y defensor de la liberación del campesinado y de la resistencia no violenta. Sus activistas sufrieron persecución.

La labor crítica del escritor se intensificó con el comienzo del siglo XX, cuando ya era patente que el descontento de las masas por sus insufribles condiciones de vida conduciría a la senda revolucionaria y a la guerra civil.

Sus columnas, publicadas en rotativos como “Svobódnoye Slovo” (Palabra libre o Libertad de palabra) o “Obnovlenie” (Renovación), que a veces provocaban el secuestro de tiradas enteras por orden judicial, eran agudos dardos contra el Gobierno de Piotr Stolipin, a quien envió numerosas cartas tratando inútilmente de interceder por los necesitados. En una de ellas, vaticinó el asesinato del primer ministro ruso, del que Tolstói no llegó a saber, ya que murió un año antes.

El monumental adalid de las letras rusas terminó siendo excomulgado por la Iglesia Ortodoxa rusa, pese a ser profundamente religioso. No aceptaba muchos de los dogmas cristianos, por ejemplo, rechazaba que Jesucristo fuera el hijo de Dios. Era además contrario a que los niños fueran bautizados, ya que pensaba que una decisión así debería tomarla el interesado en edad adulta.

En su novela “Resurrección” ataca a los órganos de Justicia de la Rusia zarista, al funcionariado, la nobleza y también a la Iglesia. Algunos de los pensamientos plasmados en su diario inducen a pensar que Tolstói abrazó el Islam. En una carta fechada el 15 de marzo de 1909, enviada a una tal Vekilova, recién casada con un musulmán, decía: “es indudablemente preferible la aceptación de un único dogma, un único Dios y su Profeta Mahoma, que la complicación que nos dicta el incomprensible cristianismo ortodoxo, con la Santísima Trinidad y su corte de misteriosos santos”.

Todo esto hizo que el insigne novelista adquiriese reputación de radical e incluso de desequilibrado. Otros, por el contrario, le tenían por un santón, por un profeta, aunque él mismo negó tener capacidad adivinadora. Su relación epistolar con Mahatma Gandhi contribuyó a afianzar aquella imagen espiritual y mística del escritor.

El otro núcleo de controversia, que ofrecía constantes y jugosos titulares a los periódicos, lo constituía la relación del literato con Sofía Andréyevna Bers, su cónyuge. Era hija de un médico moscovita. Tenía 18 años cuando contrajo matrimonio con Tolstói, acontecimiento que se produjo el 23 de septiembre de 1862.

Entre 1863 y 1888 le dio 13 hijos a su marido, lo que significa que estuvo constantemente embarazada durante 25 años, con muy pocos intervalos de descanso. Ayudó además a Tolstói en su labor creadora, haciendo correcciones. Ella escribió de su puño y letra seis copias de “Guerra y Paz”.

Sofía Andréyevna amaba devotamente a su esposo, pero no compartía totalmente su credo. Llevaba mal que, siendo nobles, Tolstói fuera tan huraño y no organizase veladas para la alta sociedad en su residencia, un amplio pero modesto caserón sin pomposidades. La casa de madera que tenían en Moscú, hoy día convertida en museo, es también demasiado humilde para un aristócrata. A la condesa tampoco le gustaba que Tolstói fuera vestido todo el tiempo como un campesino, con la típica camisola, y odiaba el halo de santurrón que sus seguidores le habían enjaretado.

El conflicto conyugal se agravó cuando Tolstói, influenciado por su editor, Vladímir Chertkov, empezó a plantearse la posibilidad de dejar en herencia el patrimonio familiar y los derechos de autor a la causa, es decir a su movimiento pacifista y vegetariano, una especie de preludio de la era hippy. El beneficiario, según una copia del testamento firmada en pleno bosque para evitar la injerencia de Sofía Andréyevna, era “el pueblo ruso”. El administrador de aquellos bienes, lógicamente, era el propio Chertkov.

La condesa exigió repetidamente al editor de su marido que le permitiera leer el testamento, pero éste no accedió a sus deseos. El temor por el destino de sus hijos afectó seriamente a sus nervios, hasta el punto de que algunos libelos de la época sostenían que Sofía Andréyevna era una “histérica”.

La situación en la pareja se hizo insostenible. Contribuían también a caldear el ambiente Chertkov, poniendo constantemente a prueba a Tolstói, y el inmisericorde acoso mediático cotidiano.

En medio de una irresoluble pugna interna entre su deber como marido y padre o como líder de su corriente en pro del bien, la justicia y la dignidad de los campesinos, en la noche del 27 al 28 de octubre de 1910, con 82 años recién cumplidos, el escritor ruso abandonó Yásnaya Poliana mientras su mujer dormía.

Se hizo acompañar de Makovitski, su médico de cabecera. Antes de partir, le dio a su hija Alexandra una carta para su madre, que debería entregarle no antes de que se despertara, en la que explicaba los motivos de la huida y advertía que sería mejor no intentar seguirle por que su decisión de abandonarla era inamovible. Su presencia, aseguró en la misiva, sólo haría aumentar el sufrimiento mutuo.

Tolstói no dijo a nadie cuál era su destino, ya que ni él mismo lo sabía con exactitud. Según cuenta el periodista ruso Pável Basinski en su libro “Lev Tolstói- Huida del paraíso”, la noticia se propagó por todo el mundo al día siguiente, el 29 de octubre, y, el día 30, aparecía el primer reportaje sobre lo sucedido en el diario moscovita “Rússkoye Slovo” (La palabra rusa) escrito por su corresponsal en Tula con todo lujo de detalles.

Según la publicación, el cochero dejó a Tolstói y Makovitski en la estación de Shékino, a unos 15 kilómetros al sureste de Yásnaya Poliana, y tomaron el primer tren que se detuvo. Se pensó que era Moscú el destino del viaje, por lo que todas las miradas se dirigieron a la casa de la familia en la capital. Pero allí no se presentó nadie. Mientras tanto, en Yásnaya Poliana, Sofía Andréyevna protagonizaba un intento de suicidio que recibió amplia cobertura en todos los periódicos, tanto rusos como extranjeros, y atizó aún más la angustia general por la desaparición del genio.

El primer periodista que dio con el él fue Konstantín Orlov. Era hijo de Vladímir Orlov, un ferviente admirador de Tolstói, quien le incluyó como personaje en dos de sus relatos “El sueño” y “No hay culpables en el mundo”. Le encontró con una fiebre de 40 grados, debido a un súbito enfriamiento durante los traslados, y le acompaño, junto con el médico, a la estación de Astápovo, un importante nudo ferroviario en aquel entonces situado a más de 300 kilómetros de Tula en dirección sureste. Al parecer, el fugitivo se decidió por ir al Cáucaso, en donde ya estuvo en su juventud como oficial de artillería, obligado por las deudas de juego que contrajo en Moscú. Tras leer su diarios de aquella etapa, su esposa diría muchos años después que Tolstói se dedicó en el Cáucaso a “correr detrás de todas las faldas” a su alcance.

Makovitski y Orlov convencieron al escritor de que en su estado no podía continuar el desplazamiento, le hicieron bajar del tren y le acomodaron en la casa del jefe de estación de Astápovo, junto al mismo andén. A continuación, Orlov telegrafió a la familia para ponerla al corriente del inquietante acontecimiento.

Los primeros en llegar fueron Chertkov, Alexandra y el secretario personal de Tolstói, el joven Valentín Bulgákov. Tras ellos acudió una nube de informadores, fotógrafos, simpatizantes y multitud de campesinos de los alrededores. Sofía Andréyevna arribó un poco más tarde, pero Chertkov y su hija Alexandra no permitieron que viera a su marido, que ya agonizaba afectado por una mortal neumonía.

La dejaron acercarse a Tolstói, pero sólo después de que éste recibiera una dosis de morfina para mitigar su padecimiento. Sofía Andréyevna le vio semiinconsciente, le besó en la frente y le pidió perdón de rodillas. Minutos después, el maestro, cuya literatura sigue embelesando a generaciones enteras de lectores de los cinco continentes, dejó de existir. Era el 7 de octubre de 1910, de acuerdo con el calendario juliano, 20 de noviembre según el gregoriano.

Muchas fueron las conjeturas que se hicieron sobre las razones que empujaron a Tolstói a escapar de su casa. La más extendida era que buscó conscientemente el encuentro con la muerte, pero Sofía Andréyevna escribiría en su diario que aquello fue “un enigma incomprensible”.

Lo que más ha inmortalizado a Tolstói han sido sus dos novelas culmen. Abjuró de ellas al igual que del resto de su obra literaria. Los personajes centrales de ambas son mujeres, Natalia Rostova y Anna Karénina. La voluminosidad de los tomos (de más de 1.000 páginas Anna Karénina a casi 2.000 Guerra y Paz) no debe asustar, ya que, una vez comenzada la lectura, es imposible despegarse de ella.

La sensación de vacío que nos inunda al terminar de leer una buena obra, por que hubiéramos querido que el deleite continuase, con “Guerra y Paz” y “Anna Karénina” tarda mucho más en sobrevenir. “Resurrección” también es conmovedora, pero es otra cosa. Está más en la línea de la literatura de Dostoyevski, nos traslada a las oscuridades del alma y puede llegar a afligir. Entristecida es como estaba toda Rusia y medio mundo aquel 20 noviembre de hace un siglo.

En el exiguo equipaje que Lev Tolstói preparó en su huida de Yásnaya Poliana hacia la muerte se llevó un ejemplar de la novela “Los hermanos Karamázov”, de su contemporáneo Fiódor Dostoyevski, otro gigante de la literatura universal.

Lo reveló años después el secretario de Tolstói, Valentín Bulgákov. Ambos escritores se admiraban mutuamente. “Tolstói es quizá el autor de mayor talento de la historia”, reconoció Dostoyevski en una ocasión.

Pero no lograron conocerse personalmente. Tolstói y Dostoyevski tenían un amigo común, el crítico literario Nikolái Strájov, pero éste no hizo nada por ponerlos en contacto.

Una vez, los dos maestros coincidieron en la Universidad de Moscú. Acudieron a una conferencia del filósofo y poeta, Vladímir Soloviov, sobre la “naturaleza humana de Jesucristo”. Pero ninguno de los dos se percató de la presencia allí del otro. Se enteraron de ello más tarde y lo lamentaron.

En 1880, Dostoyevski se propuso viajar a Yásnaya Poliana, pero le disuadió de ello el novelista, Iván Turguéniev, otro amigo común de los dos literatos. Turguéniev, que ayudó a Tolstói en la popularización de su obra en París y su traducción al francés, le dijo a Dostoyevski que el “profeta” barbudo se había vuelto loco.

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