Relatos: “¡La maldita droga!»; por Claudio Hugo Naranjo
Solo en el vagón

Me siento mal, muy mal. Tengo las extremidades de mi cuerpo insensibilizadas. Pienso qué paso en ese viaje, tengo miedo, mucho miedo…

Hoy fue un día muy largo y arduo en el trabajo. A pocos minutos de la medianoche, me encontraba en la estación del tren, esperando que este pasara para poder regresar a casa. La penumbra era tal, que únicamente podía distinguir un par de metros delante de mí, iluminados por el diminuto foco que alumbraba el andén.

Para suerte mía, no tuve que esperar demasiado. El tren llegó y en el mismo instante en que las puertas se abrieron, me metí en el vagón a toda prisa.

No me extraño ver únicamente a otros dos pasajeros en el compartimiento, por la hora, no era algo raro el hecho de que este fuera prácticamente vacío. Uno de ellos se encontraba fumando un cigarrillo; el lugar entero apestaba a humo. Le dio una larga pitada y me miró fijamente, mientras yo elegía un asiento.

Cuando me senté, decidí enfocarme en el otro sujeto que nos acompañaba, sentado al lado opuesto del fumador. A pesar de que se encontraba a pocos metros de distancia de mí, era difícil distinguir sus facciones, debido a la gruesa sudadera con capucha que llevaba puesta. No obstante… sus ojos sí que pude verlos. Uno de ellos era normal y el otro, completamente rojo. Me tensé. Me miraba como si estuviera molesto. Intenté sonreír para cortar la tensión y luego volteé hacia la ventana, intentando ignorar la pesada sensación de su mirada.

Las luces del vagón parpadearon antes de apagarse completamente.

—Les pedimos disculpas por las molestias —dijo una voz por medio del intercomunicador—, este inconveniente será reparado mañana.

Nervioso, traté de relajarme, intentando convencerme de que no había porque temer a la oscuridad. Después de todo era ya un adulto, un tipo bueno que trabajaba y pagaba impuestos… las luces regresaron.

Sin darme cuenta había cerrado los ojos. Los abrí, solo para descubrir que el escalofriante ojo de ese tipo ahora estaba a dos asientos de distancia. Con desconcierto, miré al sujeto del cigarro, quien siguió fumando como si nada hubiera ocurrido.

Las vías del tren se pusieron a rugir. Me sentía demasiado asustado como para sostenerle la mirada a ese hombre. No podía ni moverme, solamente respirar. Intenté convencerme de que nada grave pasaba, que era el cansancio del trabajo lo que me hacía imaginar cosas y que no había nadie mirándome.

Las luces volvieron a parpadear y a apagarse.

Aguardé a que volvieran a encenderse y tras un breve momento, lo hicieron. Esta vez el desconocido estaba a mi lado, con su rostro a solo centímetros del mío.

—¡¿Qué mierda, hombre?! ¡¿Qué carajo pasa contigo?!

—Oye, si querías que apagara el cigarro solo debías pedirlo…

—¡Tú no! ¡Hablo del idiota que está aquí!

El fumador me miró arrugando la frente, confundido.

—Pero si solamente estamos aquí tú y yo… oye… oye, ¿te encuentras bien, amigo?

El tipo del ojo no se había movido o pronunciado palabra alguna.

Las luces se apagaron una vez más… al encenderse nuevamente, estaba solo, solo yo mirándome en el escaparate. Mi rostro se veía marmoladado, las ojeras, con esa oscura sensación a muerte estaba frente a mi. Rojos estaban mis ojos y mis manos temblaban. Yo aún agonizando, no puedo dejar de seguirme matando…

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