LA RATA ASESINA; por Claudio Hugo Naranjo
Rata Asesina

Ir al parque me produce una sensación de zona liberada que no se condice con ningún otro estadio de mi vida; sentir el aroma a pasto secándose después de una intensa lluvia es mucho más que oler una fina colonia en el cuello de una hermosa mujer.

Es que el pasto húmedo, produce al tirarse, un deslizamiento que el cuerpo no está habituado; lo que normalmente es una revolcada de no más de dos metros, el agua aún distribuida, incolora e invisible, hace posible lo inimaginable. Mis manos, principalmente mi tórax, van abriendo un surco que logra alcanzar los cuatro metros; la pelota es tímidamente acariciada por las puntas de mis dedos y pasa rozando la remera, que hace de uno de los palos del arco. El gol se le ahoga a mi adversario en un insonoro grito que muere atrapado entre el paladar y la lengua. Lo veo mirar –desde el pasto- maldiciendo al cielo. En el caminar cansino, casi puedo asegurar por su imagen corpórea, que es un hombre ya vencido, que la pelota y él, esta tarde están peleados y dudo que hoy vuelvan a amigarse. La maldición a un Dios inexistente, no es ni contra mí y mucho menos hacía él. En este caso especial –por lo que se pone en juego, que es nada más ni nada menos que el honor futbolero-, la culpa recae toda sobre la pelota. Él cree que el efecto que le dio con el interior del pie derecho, fue perfecto y que entraba en la ratonera arañando la remera negra, pero del lado de adentro; que yo me tiré –digamos- aceptablemente, pero la pelota un poco desinflada y con sus gajos gastados por tantos meses de potrero, no hicieron la parábola exacta y el pasto mojado, ayudaron a que no fuera gol.

Estoy pasando por uno de los mejores momentos de mi vida, no solo futbolística, conseguí empleo hace poco en una inmobiliaria y llevó cuatro meses casado con Irene; la casa, grande y confortable, nos la ofreció la misma empresa de bienes raíces. No me falta nada.

Volviendo a casa desde el parque veo a lo lejos a Irene, está en la puerta, debajo del algarrobo, intercambiando pareceres con una vecina; ya más cerca reconozco a Yolanda, una morena de grandes ojos turquesa, que gesticulando con sus manos hace señas extrañas. El saludo es cordial pero de apuro como a quién se le escapa el colectivo, pero sigo sin oír lo que dice Yolanda, me sigue retumbando en mis oídos el sonido que deja la pelota al chocar contra el pasto. Es como una canción que uno oye y la tararea tres meses seguidos; la pelota tiene la voz de Sinatra y la silueta de Marilyn Monroe ¿Cómo olvidarla?

Días después recordaba aquel momento mágico desde la cama de terapia intensiva del Hospital General de Infectología. Pero volvamos a aquel día…

Irene estaba subyugada con la narración de Yolanda, yo seguía sin oír. Pero podía ver los labios de la morena sin detenerse un instante; besé a Irene en el cuello y vi sus pendientes, aquellos que le regalé en Las Toninas el verano pasado y en su muñeca izquierda la pulsera con su nombre que se hizo hacer en Pinamar en nuestra luna de miel. Estaba con su vestido suelto color agua, es decir, transparente. Nunca de entrecasa usó sostenes, así que desde mi ubicación podía observar sus pechos y a trasluz sus dos enormes pezones negros. Si algo me cautivó de ella al conocerla fue su sonrisa, jamás perdía ese encanto. Algo pasaba porque Irene tenía el rostro marmolado y fue en ese preciso instante que comencé a oír a Yolanda

— ¡Una rata así! –Sus brazos se extendieron demasiado-, del tamaño de un gato… se comió al bebé de la chica del mercado

Creí no haber oído bien. Y lo repitió. Una rata se había comido a tarascones a un bebé de tres meses en cinco minutos, aquellos, que ocupó la madre en pesar un kilo de pan. La madre del niño –cuenta Yolanda totalmente desencajada- vio a la rata cuando se tragaba lo que quedaba del pequeño. La madre está internada. La Guardia Civil, Bomberos y Policías Locales están a la caza de la rata asesina.

La Literatura no es una cuestión de gusto sino de talento, decía mi profesor de historia grecorromana, cuando cursaba el primer año de Ciencias Políticas en la Universidad del Salvador, por cierto me la lleve y un día no recuerdo cuándo se apiadaron de mi carente sabiduría y logré sobrepasar esa frontera. Pues, no puedo ni debería explayarme en un terreno en el que no hago pie. La Literatura no creo que sólo la hagan los genios, desde mi humilde opinión, también la hacen los que vivieron momentos dramáticos y no necesariamente se necesita ser sabio.

Y es allí, donde lo narrativo, si está contado desde lo visceral porque los hechos no son ficción, comienza a concursar mano a mano con los sabios, pues el lector, siente, percibe, que está en el lugar de los acontecimientos. Advierto, que los voy a trasladar a un lugar que no le deseo a nadie, ni a mi más cruel enemigo. Insisto, que los propensos a sugestionarse con imágenes susceptibles, deben abandonar aquí la lectura. Pues, lo que sigue, van a dejar de ser palabras escritas, para convertirlas inmediatamente –sin un segundo de espera- en imágenes que no se les borrarán nunca de la mente. En el subconsciente estará por el resto de sus vidas este relato.

La casa estaba compuesta de dos grandes plantas y un bonito jardín con una pequeña pileta de natación; el ingreso era un inmenso living con sillones de cuero marrón que rodeaban a una alfombra turca original, que un amigo de Irene le había traído de regalo en su último viaje a Estambul, por cierto no la había comprado, alguien se descuido a la salida de un aeropuerto y terminó adornando nuestro confortable living. Más allá, la cocina comedor  dividida por una arcada, donde pasábamos el mayor de nuestro tiempo. Un baño grande que estaba pegado a un depósito y una puerta pequeña que daba al sótano; otro baño en el parque junto al quincho y dos cocheras para nuestros autos. En la parte alta se encontraba nuestra alcoba y dos dormitorios –todos con baños privados- que por ahora eran usados para nuestros huéspedes. Los niños habían quedado para más adelante cuando Irene haya concluido su carrera, le restaba un año para recibirse de abogada penalista.

Así las cosas mientras ingresamos, afuera quedaba Yolanda, desesperada. Irene estaba demacrada, intente decirle algo, que no recuerdo qué. Solo quería pegarme una ducha, la transpiración se me había secado en el cuerpo; cuando iba por el quinto escalón Irene murmuró algo inaudible… “¿Me hablaste amor?”, le pregunté.

— Si cariño – me dijo mirando hacía la pileta-, quedaron los ventanales abiertos…

— ¿Y? –supe inmediatamente lo que me estaba diciendo

— La rata… tengo mucho miedo –jamás la había visto así. Su voz sonó a “Ayudame”. Estaba dura como una esfinge. Corrí hacía ella y la abrace por la espalda. Le dije que todo había ocurrido a un par de cuadras de casa, que hacía poco tiempo y que seguro ya habían dado con ella.

— ¿Pony dónde está?

¡Por Dios me había olvidado de Pony! Era la mascota de Irene, un perrito Terrier que conocí al otro día de haberla conocido a ella; lo perdí de vista cuando me fui al parque primero y luego porque siempre Irene lo tiene en brazos. Creí verlo con ella cuando conversaba con Yolanda. Cerramos los ventanales y luego recorrimos el jardín y dos veces completa la casa; a Pony se lo había tragado la tierra. El pensamiento que nos abordó, para que mentir, fue la posibilidad más concreta y terrorífica. Pero lo extraño era la desaparición sin dejar una huella, un rastro, sangre, un pedacito de Pony colgado del alambrado. Algo me dijo Irene que me dejó con la boca abierta… “esta raza fue creada y pensada para la caza de roedores”… ¿Pony se podría haber enfrentado a una rata de su mismo peso? Son preguntas que ahora no tienen respuestas. Consideré siempre a estas situaciones, en las cuales uno pasa de la paz de la pradera al desembarco en Normandía, como señales malditas para las cuales los seres humanos no estamos preparados, digamos, los normales. De la pelota en el parque, a aquella zona liberada, a pasar en un chasquido de dedos a no saber si esta noche –pues ya está anocheciendo- moriremos como el bebé de la almacenera. Si bien uno es receptor de lo que el mundo exterior nos cuenta, nosotros –Irene y yo- ya estamos involucrados, dado que un ser querido de la familia a desaparecido. No es el bebé de la almacenera –sin dudas-, pero las balas comenzaron a picarnos cerca.

Irene se encarga de llamar a amigos y familiares suspendiendo el asado que íbamos a realizar esta noche, despidiendo el año; mientras buscaba en qué cajón o dónde había guardado una vieja pistola que me regaló mi abuelo, recordaba los buenos momentos por los cuales había transitado este año. Entre otras cosas, creo el más importante, el regalo que me hizo mi hermana, Mónica –de ella hablo-, me obsequió el título de tío. Una hermosa nena, Alejandra, que me cambió la visión estropeada que tenía de la vida. La gente por lo general, responsabiliza etapas, yo las quemaba. Directamente dinamitaba los puentes, con la motosierra cortaba la rama en dónde estaba parado, me baleaba un pie todas las mañanas, buscaba la forma y lo lograba de cómo quedarme sin agua, enjabonado bajo la ducha; chocaba la calesita vacía y llena de pibes. Me gustaba –hasta que llegó Alejandra- abrir el paracaídas doscientos metros antes de la tierra. En definitiva, jugaba a la ruleta rusa con dos balas en el tambor. Si esto que me está sucediendo –hablo ahora de la rata- me hubiera pasado antes de Alejandra, la rata ya estaba muerta o hubiera huido de la ciudad. Los animales y especialmente este, tienen el olfato adiestrado para saberse cercanos a la muerte; en todo caso, tal vez, me hubiera enfrentado, pero hubiera muerto destrozada por las mordidas de mi propia boca. Pero mi sobrina me cambió y hoy estoy asustado y no encuentro las malditas balas.

La pistola tiene una carga de 12 o 13 proyectiles y yo solo cuento con 5, si las encuentro. El arma estaba guardada en una caja que decía Bersa, es decir, estaba en el lugar correcto. Sin embargo yo la estaba buscando donde normalmente aparecen las armas en las películas, debajo de la ropa en el último cajón de la cómoda, en la parte alta del placard debajo –siempre debajo- de unas frazadas, debajo del colchón, pegada con cinta debajo de una silla, detrás y debajo de la mochila del baño, entre el arroz en un tarro de lata en la alacena o en el mayor de los casos, en la mano del asaltante que te está esperando sentado en la silla del dormitorio. Porque los tipos se prepararon años en esta disciplina y yo hace dos horas que no la encuentro; por suerte ingresó Irene –está muy asustada la pobre- y me señaló que sobre la cama había una caja que decía Bersa y que tenía una foto de una pistola que era muy parecida a la que yo hacía dos horas buscaba. Lo importante, ya estoy armado. Solo me falta encontrar las balas.

En las primeras horas de la noche el silencio comienza a hacerse sentir; los noticiarios solo hablan del bebé devorado por la rata, las entrevistas son interminables, hablan familiares directos de la pobre e inocente víctima, padre, abuelos, tías, tíos, vecinos que describen cómo son sus padres, lo trabajadores y solidarios que son con el barrio, amigos que llegaron de otras partes, gente que pasa por el lugar y hablan de la desgracia por la que está atravesando esta familia, transeúntes que paran sus autos y opinan del niño sin siquiera haber visto una foto nunca, todos mostrando sus cualidades histriónicas frente a las cámaras como si las hubieran enfrentado desde siempre, es decir todos opinando de todo, menos de la rata. Periodistas que por –¿cómo se llama eso que se ponen en los oídos?- la cucaracha reciben instrucciones que sigan con la nota, que la estiren, que la hagan de goma porque está subiendo el rating, entonces preguntan por ejemplo a una vecina < “¿Cuánto hace que vive en el barrio?”> Qué importancia tiene? Enterremos al niño –lo que quedo-, que descanse en paz y pongamos todo nuestros esfuerzos a encontrara a la asesina del bebé. Pero no, la gente esta idiotizada, la prensa se hace un festín, ni contar que aparezca Pony esparcido por las calles del barrio. Irene siente ruidos en la planta alta – encontré las balas- voy. Irene siente ruidos en el sótano, voy. Irene siente ruido en el jardín, no voy. Los ruidos están, algo raro pasa en la casa.

Conseguimos tranquilizarnos y el mejor remedio fue tomar el control remoto y apagar el televisor, no solo te quema la cabeza con la certeza de manipular la opinión pública, te asusta, te psicopatea de tal manera que crees –en este caso- que la rata la tenes dentro de tu propia casa. La televisión hoy, ayudada con las redes sociales, hicieron posible que varios países del mundo tengan una sociedad pelotuda y la Argentina, por creernos siempre que somos el ombligo del mundo, no se iba a perder la posibilidad de estar en el top cinco y a este ritmo que vamos en un par de años estamos primeros. Porque lo peor de todo es que somos constantes y obsesivos, es decir, la gente desde hace un año se enganchó con Netflix, los tipos metieron la marca por todos los caminos posibles, si no viste House of Cards, no podes participar de ninguna conversación laboral, familiar ni social y la gente se comió ocho temporadas hasta que al protagonista principal lo denunciaron por acoso sexual. Fue en ese preciso instante de la vida argentina que muy pocos habían visto ni un episodio, fue como cuando ganó Carlos Menem la reelección en 1995, alcanzó el 51% de los votos, pero cinco años más tarde, nadie lo había votado, de la misma forma que la constancia y la obsesión nos llevan hacia determinado lugar, con increíble facilidad negamos enfáticamente que ese programa nunca tuvo nivel y el ‘turco’, un ladrón que voló por los aires Río Cuarto. Niegan, con asombrosa facilidad, que lo veían rubio y de ojos celestes.

El viento comienza a soplar fuerte, las ramas de los árboles chocan en el tejado, las luces comienzan a titilar, es el preanuncio que en cualquier momento se corta la corriente. Cerramos –lo que nunca hacemos- la puerta del dormitorio, por las rendijas de la persiana que da al jardín ingresa un hilo tenue de luz, suficiente para ver dibujado en el techo las líneas movedizas del ventanal. De pronto –Irene me tomó de la mano-, alguien o algo está rasguñando la puerta del dormitorio, es un rasguido de uñas filosas; me inclino en la cama y veo por debajo la luz del pasillo y una figura que cubre todo el centro de la puerta. Irene me dice susurrando –“¿Es Pony?”- Tomó la pistola y me paro en los pies de la cama y busco la forma de ponerme en cuclillas –es muy difícil hacerlo normalmente-, me balanceo, en un momento estoy a punto de caerme pero logro posicionarme. Estoy a metro y medio del picaporte. Irene creo que dejó de respirar. Mis pulsaciones se aceleraron. Pony no es. Ladraría. La imagen desaparece y vuelve a aparecer. Primero no entiendo qué está haciendo. Salta con una velocidad increíble hacía el picaporte de la puerta. La hija de puta la quiere abrir. Tengo solo cinco balas y soy un pésimo tirador. Estoy mintiendo. No sé si soy pésimo, pues nunca disparé un arma. Titilan las luces. Logra mover el picaporte, en cualquier momento si no actúo se mete en la pieza. El picaporte cedió. La puerta primero queda abierta por el espesor de un dedo. La sombra comienza a deslizarse muy lentamente hacía la abertura, ese espacio de lo desconocido. Se abre tan lentamente como lo haría un asesino serial ante su próxima víctima. “Dios mío” –solloza Irene-. Su boca puntiaguda y larga va ingresando como olfateando el ambiente. Tiene la cabeza de dos gatos grandes. Gira su cuello y avanza. Cada instante la tengo más cerca. Puedo olerla. Ella también. Sus dos patas delanteras hacen ingresar la mitad de su torso. Es voluptuoso. En ese abdomen hay algo más que un bebé. Es cuando decidí mental y físicamente volver al pasado. Al que fui y volveré a serlo. Es ella o yo. Y si fallo, sigue Irene. Abre la boca y me muestra los dientes sucios, triangulares pero filosos como una daga. Ingresa toda. Solo su cola sigue en el pasillo. Me mira. Nos miramos para matarnos. Se mueve como arrastrando su torso en el parquet. Apuntó y erro. Fue un instante. El salto de felino que pegó la depositó en mi cuello. Intenta morderme. Mi posición me dio la posibilidad de tirarme al suelo con ella. Muerde mi cara del lado derecho. Me sacó un pedazo de carne del tamaño de una albóndiga. Grita mientras pelea. Giramos y en un movimiento logro sacarla conmigo al pasillo – la quiero alejar de Irene-. Rebotamos contra las paredes. Con sus garras me desprende el ojo izquierdo. Yo solo la sostengo por el cuello. Pero no es suficiente. Caemos por las escaleras hacía el primer descanso. Me está colgando un ojo sobre mi mejilla. Note que al rodar había perdido su estratégica posición de ataque. La oscuridad y mi solo ojo me impiden verla. Tome la iniciativa y la lleve nuevamente a rodar hasta la planta baja. Allí, ella, quedó debajo mío. Mi puño derecho se lo introduje hasta la garganta. Mordía, pero le faltaba espacio para romper, dañar, quebrar. Mi mano izquierda tomó unas de sus patas, la cual me había abierto prácticamente todo el pecho y estire hacia los extremos mis dos brazos, lo que hizo posible que me dejara el cuello totalmente liberado. Allí hinque los dientes con todas las fuerzas que me quedaban. Mi sangre y su sangre por vez primera comenzaron a confundirse. Los pelos de la rata hacían de colchón para impedir que mis colmillos ingresaran a la tráquea. Era ella o yo. La muerte es perceptible en el otro. Se fue apagando tan lentamente como ingresó a nuestra habitación. Mis dientes habían quedado enganchados a sus vértebras de tal manera que no podía quitármela de encima. No recuerdo más nada. La infección casi consume mi vida. Perdí un ojo. Pero estoy vivo. De la pradera a Normandía se pasa sin que nadie te avise. Disfruta mientras puedas. Y seguí revolcandote en el pasto mojado.

Deja un comentario

Cerrar menú