Cuando el Nobel egipcio Mahfuz se creía de niño «el rey del mundo» y jugaba con gallinas; por Mariana Dorrego
Nobel de Literatura
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Estas líneas son un adelanto exclusivo de las memorias de Naguib Mahfuz, el relato de sus primeros años de infancia. Fueron escritas entre 1929 y 1930, poco después de que el escritor dijera adiós a su niñez. Tenía por aquel entonces 19 años e imitó al decano de la literatura árabe, Taha Husein, que por aquellas mismas fechas había publicado por episodios en la revista Hilal su autobiografía Los días: Memorias de infancia y juventud. Entre sus admiradores, había un estudiante de Secundaria que a veces escribía poesía y otros cuentos que halló en Los días su inspiración. Ese colegial se llamaba Mahfuz.

El premio Nobel de Literatura habló en 1962 del texto que Crónica desvela hoy en primicia internacional, durante una entrevista en prensa. Dijo que tenía guardada una autobiografía que jamás llegó a publicar en vida y que consideraba un entrenamiento literario. Años después, admitió que había perdido el manuscrito como consecuencia de «un robo familiar» llevado a cabo por un pariente que vendió los papeles que habían quedado en su antigua casa. Las memorias viajaron por diferentes continentes antes de establecer su residencia en un país del golfo Pérsico, donde pude obtenerla recientemente durante la investigación de mi libro Hijos de nuestro barrio: historia de la novela prohibida.

Mahfuz ha desgranado algunos fragmentos de su biografía personal a través de su creación literaria, como él mismo reconoció en más de una ocasión, pero es la primera vez que nos encontramos con un texto en el que el protagonista es él. Aquí, en estas páginas, algunas veces nos habla con el lenguaje del niño, otra veces con el del jovencito. Nos enfrenta a cuentos de demonios y genios que forman parte de su universo de imaginación y fantasía. En este relato del niño Mahfuz, no sólo estamos ante la historia de su infancia sino también ante el relato presentado por un joven que acaba de abandonar ese mundo. Unas memorias que nos enseñan cómo un niño observa a las criaturas y seres humanos que le rodean y cómo vive cualquier acontecimiento por corriente que resulte. Su mirada es una fuente de sorpresas.

La autobiografía transmite la frescura del niño y su inocencia, capaz de transformar la realidad y construir un mundo extraordinario a partir de asuntos triviales. Unos años más tarde, cuando el joven madure, estas historias serán formuladas de un modo artístico. Por eso, en estos textos es posible hallar una estrecha correspondencia con el niño Kamal Abd al-Jawad de la Trilogía de El Cairo, la obra cumbre de Mahfuz. Nos volvemos a encontrar estos mismos relatos en la piel de ese niño que ve la revolución desde el balcón de su casa, que admira a los soldados británicos por los dulces y la comida que le ofrecen; escucha los cuentos del pueblo donde vive su hermana y el sufrimiento que le produce su matrimonio; o la vida de su madre, que ama narrar y pasear. Un muchacho que sólo se detiene cuando el padre o el hermano mayor están en casa. Son episodios vitales de Mahfuz que nos descubren mucho y confirman el verso del poeta William Wordsworth: «El niño es padre del hombre».

* Mohamed Shoair es periodista egipcio. Su texto ha sido traducido del árabe por Francisco Carrión.

Extracto de ‘Memorias de la infancia’

Por Naguib Mahfuz

No recuerda lo primero que percibió ni lo primero que grabó su mente; entonces, ¿quién es el que recuerda? Quizá ese primer recuerdo sea el pecho de su madre, porque es una de esas cosas que reconoces instintivamente y que percibe el niño sin conciencia, pero eso era lo que se formó en su imaginación ya en la infancia tardía. Sí, recuerda eso como recuerda otras cosas, partiendo de sus fantasías, no de sus recuerdos, como se solía contar a sí mismo: «Cuando yo era niño, un niño pequeño, que no veía más allá de su madre». Luego, liberó su pensamiento y continuó teniendo presente lo que había creado su imaginación. Es una imagen que apacigua su conciencia, una imagen que no le es extraña. ¿Quién de nosotros no ha visto a un niño fantasear con los recuerdos de su madre? ¿No hemos sido todos niños? El niño no tiene consciencia, no es capaz de discernir y sigue configurando el tiempo de la formación de su persona que genera un ser que representa una historia concreta en manos del destino hasta que se extingue.

Pensaba en esa imagen, y como era un niño pequeño que desbordaba imaginación y la tamizaba, podía por su creatividad dar forma a lo que quisiera.

Más allá de sus memorias se acuerda perfectamente de una pequeña habitación que estaba en la azotea de una casa sencilla en uno de los barrios populares. Rememora una y otra vez esa habitación. Se presentaba ante él con su suelo irregular, tejado y ventanas de madera y unos pilares sucios. Todo estaba en su imaginación, pero no se ha olvidado de ninguno de sus detalles. ¿Cómo podría olvidarse de algo así cuando es lo primero que percibió del exterior?

Era como si hubiera nacido en ella, no habría otra igual en su vida. Por eso la adoraba, y mucho, le encantaba. A menudo se sentaba en la ventana mirando a los transeúntes entre las persianas. Así pasaba muchos de sus días, en esa querida ventana, observando ensimismado.

Ahí es donde dormía, en verano y en invierno, sobre un colchón tendido en el suelo. Su madre le acunaba entre sus brazos mientras le contaba cuentos, unos más veraces y otros más ficticios, o le recitaba alguna aleya del Corán, a la vez que le frotaba su cuerpo hasta que los párpados se rendían al sultán del plácido sueño.

¡Qué maravilla!

Se creía el rey del mundo entero. ¿Acaso no era la habitación toda para él? ¿Acaso los cuentos que le contaba su madre no eran parecidos a su propia historia? Además, tenía comida y bebida. ¿Qué más se puede pedir?

Era un rey y la habitación era la capital del reino, la azotea el resto de su grandioso país. En ella había dos cobertizos, uno para las gallinas y el otro era el trastero. Ahí estaban cuando salía de la habitación con sus piececitos descalzos por el suelo de la azotea. Jugaba y jugaba en la madriguera del gallinero, le encantaba ser testigo de la reacción de las gallinas al entrar cacareando y alborotándose. En cambio, en el cobertizo del trastero entraba poco ya que estaba lleno de ratas que le daban asco. Aun así, lloraba cada vez que mataban una rata delante de él. Se despertaba pronto, se levantaba de la cama para recibir al sol entre la enredadera que caía desde la parte superior de la puerta de la habitación. Su madre cuidaba de la hiedra como hacía también con el resto de plantas con las que decoraba el muro de la azotea.

A él también le gustaba la hiedra, se entretenía mirando cada mañana sus pequeñas hojas verdes atravesadas por los brillantes rayos de sol creando formas doradas. Mientras continuaba deleitándose mirando las preciosas hojas verdes y el cielo azul pensaba que ahí tenía todo lo que el mundo atesoraba de seres vivos y muertos. Luego se levantaba para lavarse la cara, ponerse a jugar y divertirse como le placía.

Era un pillo en sus juegos y divertimentos hasta que su madre le pegaba a base de bien, a pesar de lo que le quería y eso que era mucho. Todo lo que ella le amaba era correspondido por su hijo y eso que no era hijo único sino el pequeño de siete, cuatro chicas y tres varones. Su madre le había contado que había tenido una hermana mayor pero había muerto. Lo quería como si fuera hijo único, era un amor inconmensurable. Como no podía ser menos, quería a sus hermanos y hermanas como lo hace con ternura y compasión el corazón de toda madre, pero no había amor comparable al que le profesaba a él.

Por su parte, él también le brindaba un amor inmenso y no dejaba de demostrárselo. Como mucho su pequeño corazón podía aguantar una hora o dos separado de ella. Y si enfermaba él pasaba toda su convalecencia llorando y lamentándose, ya que su amor estaba verdaderamente por encima del que se acostumbra a rendir a una madre. ¿Cómo iba a odiarla? Él, que amaba a los animales, a las plantas y los minerales, se encaprichaba con las gallinas, lloraba por la muerte de una rata y se encariñaba con una hiedra. Es cierto, quería a todo el mundo y todos le caían bien. Entonces, ¿cómo no iba a querer y hasta adorar a su madre? Con el paso del tiempo reflexionó sobre ese extraño amor entre él y su madre y sintió que era un regalo de la vida. De no haber sido por ese amor, habría muerto antes de conocer el sentido de la vida. La naturaleza, a pesar de su desequilibrio, es justa distribuyendo entre los humanos, su madre lo era todo para él, por eso la quería.

A veces, el juego sobrepasaba los límites y molestaba a sus hermanos, que reaccionaban. Era ahí cuando llegaba el juego más peligroso del que él solía salir el peor parado. Su madre le castigaba y le daba una buena tunda. Las palizas de su madre no le persuadían, al contrario, no quedando satisfecho aún se revolvía contra ella mordiéndole la mano e insultándola. Pero enseguida se arrepentía profundamente. Lloraba y lloraba, gemía y gemía hasta que los llantos se transformaban en gritos. Chillaba hasta que regresaba su madre para calmarlo y le besaba, y así volvía a reinar la paz una vez más. Aunque esta historia se repetía a menudo sin inmutarse, el juego no cambiaba y la paliza tampoco, luego el llanto y finalmente la reconciliación, exactamente igual.

Cuando se cansaba de él y de su mal comportamiento le amedrentaba con fantasmas y con mandarle uno mientras dormía. Él actuaba como si nada, pero en realidad estaba muerto de miedo, sentado en cuclillas le rondaba por la cabeza el demonio fantasmagórico de los sueños. Intentaba no quedarse dormido nunca. Se mantenía despierto para espantar el miedo. Mientras su madre le miraba en silencio y apenada finalmente le ahuyentaba el miedo y le prometía que alejaría los demonios recitando unas aleyas del Corán. Entonces, ¡las aleyas coránicas espantan los demonios!

Memorizó algo de estas aleyas para protegerse contra todos los espíritus terroríficos. Escuchaba a su madre mientras le recitaba: «Gracias a Dios, Señor de los mundos» o «Di: Dios es uno» y «Di: me refugio en el Señor de los hombres» hasta que lo aprendió bien. Lo recitaba insistentemente todas las tardes quedándose dormido en plácido descanso. Su corazón estaba seguro de contar con un sueño feliz libre de pesadillas y espectros diabólicos. Desconocía el contenido de las azoras que repetía. No le preocupaba mucho, nunca preguntó por el significado ya que cumplían su cometido, le libraban del miedo y espantaban sus pesadillas. Y lo más alucinante de todo era la palabra «Dios» que ha creado el mundo, las estrellas, el sol y la luna, que abre las puertas del cielo a los creyentes, que quema a los infieles en el infierno. Sí, según sus cálculos repitiendo las aleyas lograba dulces sueños. Pero él era terco y las opiniones sólidas no contentan a nadie, es más, molestan a todos. Jugaba a cambiar los muebles, a desordenar la habitación, a ensuciar y hacerse daño. Si quería dormir, su madre tenía que darle pacientes masajes o cogerle en brazos paseándolo de arriba a abajo, o subirle a la azotea y luego bajarle a la puerta de la calle aferrado a sus hombros hasta que agotaba sus fuerzas y el sudor goteaba por su frente llegando también a consumirle los nervios. Si ella paraba para descansar un poco, él lloraba y chillaba para que continuase hasta que al final el episodio terminaba recibiendo un cachete o una reprimenda.

Si quería comer lo hacía solo, lejos del resto de sus hermanos, incluso de su querida madre. Únicamente comía con su padre, con su hermano mayor o con el segundo. Su padre era quizá el único a quien teme al recordar su nombre. Sí, cada mañana jugaba con él, le abría la mano y contaba sus dedos: «Este cogió un huevo, este lo peló, este lo guisó… etc.». Luego, con los dedos jugueteaba haciéndole cosquillas por su axila hasta que se tronchaba de risa, pero si lo llegaba a enfadar el guantazo era doloroso. Una palabra de su padre era sinónimo de orden irrevocable. Sólo cuando su padre salía hacia el trabajo y él se hacía con el control, se ponía a jugar y a divertirse a su antojo. La situación llegaba hasta tal punto de que se peleaba con sus hermanas si la discusión se encendía. Le pegaban a pesar del amor que le tenían, todas excepto su hermana mayor, que le quería tanto que era incapaz de pegarle. La hermana que la seguía también le quería y no dejaba pasar oportunidad para demostrárselo. Quizá él la quería más que el resto. La siguiente era conocida por su inteligencia, perspicacia y sabiduría. Se sentía especial y no le permitía invadir ni un ápice de su espacio, por lo que estaba un tanto distanciado de ella. La pequeña era adorable y estaba encariñada con él, atenta siempre a lo que quería, se había ganado su entusiasmo.

Lo más importante para la hermana mayor era la confección. Se pasaba días enteros enredada con la máquina de coser o bordando al ritmo de canciones populares. A menudo se sentaba enfrente para observar sus manos, que nunca erraban. Ella no se escapaba de sus bromas pesadas, muchas le tocaban trabajando. Por ejemplo, le sacaba la camisa de su sitio, desenhebraba la aguja, luego se sentaba y usaba la máquina como le venía en gana, con todo esto sentía un disfrute especial. También cogía el banco donde se colocaba la máquina y lo arrastraba como si fuese un carrito o se montaba en él como si de un caballo se tratara. Casi siempre su hermana le dejaba hacer lo que quería, bien sabía que si se enfrentaba a él, acabaría dando gritos y pegándole, no lo detendrían ni una reprimenda ni un castigo. En muchas ocasiones ella acudía a sus fantasías y entretenimientos y le contaba cuentos sobre diablos o ladrones. Él era todo oídos, por tierra, mar y aire, todo le divertía, y es que las historias eran su opio.

* Extracto de las memorias de Mafhuz traducido del árabe por Pilar Garrido Clemente, profesora de estudios árabes e islámicos en la Universidad de Murcia, y Pedro Rojo Pérez, presidente de la Fundación Al Fanar para el Conocimiento Árabe.

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