El kirchnerismo suma otra derrota al hilo
Otra derrota

Weretilneck se la jugó: no postergó las elecciones tras el fallo de la Corte en su contra, no insistió con su reclamo por ser candidato ni se dedicó a quejarse de los jueces, acomodó rápidamente a su tropa y apostó a que Arabela Carreras, su hasta allí ministra de Turismo y candidata a vice, lo reemplazara. Sus coprovincianos lo acompañaron y logró retener la gobernación por amplio margen.

Transmitir votos de una figura a otra no es fácil. Y menos todavía lo es cuando hay que actuar a los apurones, sin un partido sólido detrás y con un candidato no muy conocido ni de mayor atractivo.

¿Por qué al gobernador rionegrino le funcionó? Influyó sin duda el control que ejerce sobre el aparato estatal, que en momentos de crisis económica adquiere aún mayor gravitación sobre la voluntad de los votantes, por los recursos de asignación discrecional que tiene en su poder. También por el temor que agobia a los votantes a que la situación empeore, que suele ser más intenso que la repulsa por la responsabilidad de los gobernantes en la gestación de dicha situación.

Juntos Somos Río Negro, como se denomina la fuerza ganadora, no es más que una estructura ad hoc, montada para sostener al actual mandatario y su pequeño grupo de acólitos cuando rompieron con el peronismo, tras la muerte de Carlos Soria en 2012. No es una identidad capaz de generar mayor entusiasmo, de movilizar a nadie detrás de un grandes proyectos. Pero parece ser suficiente para asegurar la gobernabilidad y pocos le piden más que eso.

Además de su propio mérito debe haber influido la razón que el propio Weretilneck dio apenas salió de votar, concebida ante todo como zancadilla para burlar la veda electoral: “La gente tiene mucho miedo a las propuestas del peronismo”.

En un tiempo en que nadie genera demasiado entusiasmo, que los demás encima espanten puede ser el mejor argumento de campaña. Lo sabe Macri y no dejan de repetirlo sus colaboradores. Los críticos de la grieta se lo reprochan pero, finalmente, ¿qué tiene de malo que a uno lo elijan por ser el menos malo en una época sin héroes ni salvadores? Tampoco es que la culpa de que no haya mayor motivo para entusiasmarse la tengan los candidatos, nadie puede hacer milagros si, como dice Lavagna, “no hay nada para repartir”.

Lo cierto es que Martín Soria no generó el arrastre esperado y hay que entender por qué fracasó. Ante todo, su flojo desempeño demostró que el apellido tampoco asegura el traspaso de votos de un líder ausente a otro emergente. Y que, aún unido, el peronismo puede perder, cuando no es por tradición una mayoría electoral segura (la sociedad rionegrina ha sido más pluralista que el promedio de nuestras sociedades provincianas), y sus líderes trabajan poco sobre lo que significa su unidad, dando mensajes equívocos o dejando demasiados heridos por el camino.

Soria hijo parece haber incursionado en todos estos errores. Fue muy equívoco respecto a su relación con Cristina: por momentos se mostró muy alineado con ella, no dudó en mantener la denominación Frente para la Victoria para su fuerza, toda una antigüedad, aunque al final de la campaña desmintió tener algo que ver con el kirchnerismo y se declaró peronista a secas. Pese a que con sus idas y vueltas había ya espantado a unos cuantos peronistas a secas, que respaldaron a la lista de Carreras. Y aunque intentó darle un perfil local a su candidatura, se cansó de reprocharle a Weretilneck sus buenas relaciones con Macri, a Pichetto su disposición a colaborar con Macri, y a los demás contendientes a hacerle el juego a Macri al contribuir a la división del voto opositor. Seguramente muchos rionegrinos no entendieron bien en qué residía su vocación por ocuparse de los problemas provinciales.

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