Piedad Bonnett: «Los hombres tramitan muy mal las penas»
Piedad Bonnett

La narradora y poeta colombiana Piedad Bonett cierra con su nueva novela, ‘Donde nadie me espere’, el ‘ciclo de la herida’ que abrió con la escritura del libro en el que reflexionaba sobre el suicidio de su hijo

A Piedad Bonnett (Analfi, Colombia, 1951) la vida le asestó un zarpazo brutal. Su hijo Daniel, esquizofrénico, se suicidó lanzándose al vacío desde una azotea de un edificio de Nueva York. De aquello salió un libro con algo de conjuro y de daño inabarcable: Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013). El recuento de aquella experiencia que tiene algo de imposible y de cierto, de dentellada y de ¿alivio? Era el descargo de una mujer concretada en el dolor del otro. Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

Seis años después de aquel exorcismo, Bonnett (narradora, poeta y ensayista) regresó a otro tema de intemperie. Esta vez la locura sobrevuela, pero no es el centro de Donde nadie me espere (Alfaguara). La indigencia, la deriva, el desbarrancadero de una caída vital, los males de Colombia después de la «guerra» de las últimas décadas. Una historia de desubicación.

Gabriel, el protagonista, es un joven desabrigado con una familia descompuesta donde hay más difuntos que vivos. Al comienzo de la treintena la existencia se le vuelve del revés por inadaptación, por una sensibilidad atropellante. La vida no le es buena, ni noble, ni sagrada. No es capaz de tomarle la postura al tiempo. Y en esa falta de tregua que asesta al extravío la biografía se le desencaja.

Piedad Bonnett vuelve a reflexionar sobre la carne cruda de una juventud expuesta a la mandíbula del triunfo como normativa. Y deja que la poesía (austera, contenida, incluso tajante) deje sus ráfagas en esta novela de intensidad desconcertante. De lucidez y dentellada.

P: La historia de Gabriel es también la crónica de una huida.
R: Lo es. Este tema me venía rondando desde hace mucho tiempo. Y tiene varios orígenes. Uno de ellos, principal, es el ataque de locura que sufrió mi hijo Daniel cuando íbamos a embarcar en un avión que nos llevaba de Brasil a Colombia. Allí nos dijo: ‘Papá, mamá, váyanse. Yo puedo vender mi cámara hacerme indigente’. Al escucharle decir eso me estremecí. Es de una dureza y de un abandono extremo. El tema de la indigencia, además, es algo que desde muy joven me había interesado mucho. Soy muy sensible a esa figura.
¿Qué pensó ante una declaración como esa?
En lo fácil que es caer en algo así, en el deseo de abandono. En algunos encuentros que he tenido con indigentes siempre sale, antes o después, el asunto de la renuncia, del extravío. Alguna vez miré a esos chicos a los ojos y ese cruce de miradas fue un impacto… Fue en ese momento en que mi hijo propuso esa posibilidad cuando comencé a pensar en esta novela. En la vida de alguien que cae en la indigencia. Pero entonces Daniel estaba vivo y no quería que se sintiese ofendido si escribía algo así. Comencé, pero la abandoné.
¿Después de ‘Lo que no tiene nombre’ era más sencillo asumir esta novela?
Aquel libro sobre mi hijo me puso las cosas difíciles para seguir escribiendo. No sabía qué podría hacer después. Temía perpetuarme en lo testimonial. No me parecía ético insistir, así que recuperé esta historia.
¿Existe relación entre el protagonista de ‘Donde nadie me espere’ y su hijo?
Están lejos uno del otro. Más bien está inspirado en algunos de mis alumnos. Entre ellos encontré testimonios de muchachos desubicados, que no encajaron en ningún sitio desde niños. Es algo que entiendo bien.
¿Por?
También fui una niña de tendencia angustiada. Era muy exitosa socialmente, pero en mí había en mí una discordancia con el mundo. Así que comprendo a esos chicos, a esos hombres que quedan varados en el desasosiego. El personaje de Gabriel está hecho a partir de muchas historias de vidas ciertas que quedaron a la intemperie.
La caída es otro de los ‘síntomas’ que recorre la novela.
No es algo nuevo en mi escritura. En un libro anterior, Para otros es el cielo (2004), también está tratado ese asunto del descenso, del fracaso, tan fructífero en la literatura. Lo que quería mostrar en esta ocasión es en cómo creemos que llegar al infierno es difícil, pero en realidad no hace falta más que un pequeño paso para cruzar ese umbral. Me interesa la imagen del tipo que aún tiene algo de dignidad en su apariencia y poco tiempo después se ha deslizado hasta la nada, y en esa caída se ha instalado en lo animal, de donde es tan difícil salir.
Y que, sin embargo, encierra una extraña atracción.
Pues quién no ha fantaseado alguna vez con dejarlo todo, con abandonar obligaciones, con vivir de una manera libre en lo salvaje… El deseo de la postergación. Eso es lo que había en la frase de mi hijo Daniel al decir que él quería «hacerse un indigente»: una necesidad de escapar de este mundo de exigencia y de éxito. De qué manera no estamos induciendo a tantos jóvenes a esa encrucijada por tanta obligación de triunfo.
¿Esa renuncia es una de las formas de la rebeldía?
Puede serlo. Y va muy unida al sentimiento de libertad.
¿¿Cómo convivía en la universidad donde impartía clases con la presión del éxito por el éxito que se impone a los estudiantes?
Siempre me ha conmovido mucho ver a tantos muchachos que salen de la universidad a la incertidumbre. Y también esa carrera loca de los grados, los posgrados y los posposgrados. Salen al mundo cuando ya tienen 30 años, después de empeñar todas la juventud en una extraña reclusión. Por no hablar de los que estudian carreras vinculadas a las Humanidades. Para esos, la posibilidad de encontrar un empleo con sueldo digno es casi un milagro. Muchos acaban mal pagados como correctores en editoriales. Cómo no me va a angustiar algo así. El filósofo coreano Byung-Chul Han dice que la exigencia está tan asimilada que ya no hace falta que venga de fuera. Uno mismo se la aplica. Mi propio hijo se forzó para estudiar en la Universidad de Columbia, cuando si se hubiese dejado llevar por su verdadera vocación, la pintura, quizá podría haber sobrellevado mejor su carga en vez de ponerse a estudiar leyes y economía. La universidad puede ser un espacio maravilloso de creatividad y plenitud y, a la vez, la profecía de un futuro de cierta comodidad por el que hay que pagar el peaje de cierta aniquilación de los instintos.
Es decir, un yugo.
Y una contradicción perversa. Por un lado nos imponen la idea del triunfo, del sacrificio, del esfuerzo; y por otro, la ventana del mundo occidental asoma publicitariamente al hedonismo, al disfrute, a la relajación… Los jóvenes responden cada vez más a imperativos que les llegan de fuera antes que a sus propios intereses o entusiasmos.
¿Por qué fijar la aventura de tanto desarraigo en un hombre?
Quizá porque los hombres tramitan muy mal penas. No las verbalizan.
Algunos conflictos extremos sucedidos en Colombia también están aquí: el narcotráfico, los asesinatos selectivos…
Gabriel, el personaje, viaja a la región de la Sierra Nevada. La vida le pone la trampa de cuidar esa caleta [almacén] llena de marihuana. Es otra forma de ser expulsado de un lugar de protección. Todo ese entorno de la droga es siniestro y conecta con una de las mayores atrocidades de la guerra que hemos vivido aquí en Colombia. El ejército mató en pocas décadas a más de 2.000 muchachos indigentes o sin hogar haciéndolos pasar por guerrilleros. Cada una de esas muertes, que se denominaban falsos positivos, ha sido un negocio. Aquella operación infame de limpieza benefició económicamente a muchos. Es uno de los asuntos más vergonzosos de la guerra que hemos padecido en mi país.
¿Es posible hablar hoy en Colombia de aquellos atropellos sin una cuota de riesgo?
Hasta mi editor me sugirió que olvidara esa parte y me centrara sólo en el drama del individuo. Pero no puedo, ni debo mirar a otro lado. Muchos periodistas desconocían (o dijeron desconocer) la realidad de los falsos positivos. Y es muy necesaria hacerla saber. Evitarla será conceder a los criminales impunidad. Es importante que no olvidemos algunas llagas en estos tiempos de posconflicto que estamos experimentando en Colombia. Estamos tan connaturalizados con el horror que asumimos sin preguntas que a aquellos que viven en el desabrigo puedan ser víctimas de cualquier infamia.
Y entre todo esto, un cierto impulso poético empuja la novela.
Los narradores que me gustan son los que tienen ese poder de la poesía en su escritura. Pienso en Proust, en Isak Dinesen, John Banville, Mircea Cartarescu… Es la veta que me interesa. Y cuando hablo de poesía no hablo de exuberancia, sino de lo opuesto: de una poética de la austeridad. Todo gran arte está impregnado de poesía. Pero no me interesa tanto la poesía de las palabras como la fuerza de lo poético, capaz de impregnarse en lo narrado.
La permisividad con el alcohol es otro de los estigmas que denuncia.
Es que soy profundamente contraria a la permisividad que esta sociedad tiene con el alcohol. Nací en una familia muy austera y me tocó aprender a tomar. Aunque pronto lo rechacé. No soy una radical enemiga, ni una puritana, pero tengo conciencia de los estragos familiares que puede provocar. El alcohol, en ocasiones, es una pulsión de muerte.
Y la enfermedad mental, que está pero no está.
Poner al protagonista en ese umbral donde la locura se deja ver cerca tiene que ver con mi infancia. De niña temía volverme loca. Y me salvó la literatura. Era una muchacha tremendamente ansiosa. Ya en la adolescencia la ansiedad se convirtió en un estado permanente e insoportable, así que veía la locura como una amenaza. Creo que en mi genética había algo que predisponía a allá, pero fue a mi hijo a quien le tocó la mala suerte de la locura.
¿Continúa la ansiedad?
Por fortuna pasó hace muchísimos años, más de cuatro décadas que no siento los horrores que derivaban tantas veces en pequeñas depresiones. Quizá por eso intenté mostrar en el personaje de Gabriel la fragilidad de quien no tiene horizonte desde el mismo despertar de cada día. Eso es una amenaza. En cualquier caso, el protagonista de Donde no me espera nadie no padece una enfermedad mental, ésta tan sólo le ronda. No tendría sentido que hubiese incurrido de nuevo en ese asunto después de escribir Lo que no tiene nombre, donde la esquizofrenia de mi hijo lo ocupa todo.
¿La literatura tiene el poder de cauterizar?
Pues sí. Verdaderamente cumple un papel sanador. Algunos psiquiatras me explicaron que en el estrés postraumático, a algunos pacientes les ayuda volcar en escritura aquello que vivieron. Y el alivio (si se tiene la fortuna) muchas veces es posible. Incluso la sanación. Eso sucede en Colombia con miles de víctimas de la guerra que padecimos. Escriben sobre sus experiencias, o las fijan en dibujos. Y eso les concede un cierto distanciamiento que hace más asumible la vida. Si ordenas, organizas, reflexionas, ahondas y haces analogías, se te va esclareciendo la vida.
Gabriel, como su hijo Daniel, también dibuja.
Pero no tienen nada que ver uno con otro. De niña yo también dibujaba mucho y el contacto con el papel a través del lápiz me permitía un acercamiento al mundo de otra manera. Ese ejercicio de apoderamiento del mundo ayuda mucho. Las horas más felices de mi vida, en la niñez y la adolescencia, fueron dibujando a solas en mi habitación. Por eso es que le concedí ese don al pelado de mi novela.
El poeta venezolano Vicente Gerbasi tiene un verso que se podría acoplar bien al espíritu de la novela y de ciertas vidas. Dice así: ‘El hombre es de la noche que lo sigue’.
¡Díos mío! Qué cierto es en algunos casos. Cómo algunos seres intentan de todas las maneras crear lucecitas para su vida, pero sólo se les concede el fracaso.
¿Por qué esta novela tan dura después de la que dedica a su hijo y el suicidio?
Necesitaba cerrar de una vez este ciclo de la herida para pasar a otras cosas. Lo que ahora estoy escribiendo son unos textos de tono muy kitsch.
¿Y en poesía?
Pues algo que también está más cerca de la ironía. Unos poemas para un libro que lleva por título Los hombres de mi vida. Quiero cambiar el tono. Necesito salir ya de lo grave y lo dañado.
Cambiar el registro de esas memoria que dispensa ya demasiado daño.
Sí, pero a la vez no puedo escapar de ella. La memoria es muy buena herramienta para mi escritura. Me permite comunicarme con el lector de un modo muy particular. La memoria, de alguna manera, también puede ser contagiosa. Aquello que uno vive puede ser sentido (a su manera) por el lector. Y eso a mí me ha sucedido con el libro sobre Daniel. Recibí centenares de cartas de lectores que habían sufrido algo semejante. La memoria nos unió. La memoria puede ser un motivo de recuperación, y también de dolor. Todo ejercicio de memoria conlleva un exorcismo.
¿Ya lo ha hecho?
Lo hice, sí. Hoy camino con menos peso.

Entrevista: Antonio Lucas

El Mundo España

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