Cuando Ítaca es el padre
Portada del libro 'Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya' de Daniel Mendelsohn.

El escritor estadounidense Daniel Mendelsohn en su nueva entrega ‘Una odisea. Un padre, un hijo, una epopeya’ narra una relación entre padre e hijo a través de la lectura del clásico de Homero.

Un hombre de ochenta y un años, investigador científico jubilado, pregunta a su hijo, profesor universitario, si puede asistir al seminario que este último impartirá sobre La Odisea. El hijo, Daniel Mendelsohn, le responde que sí.

Así comienza Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya (Seix Barral), el libro extraordinario en el que un hombre parte en busca de su hijo, pero también un hijo en busca de su padre. Mientras avanza el curso, una vez a la semana durante las dieciséis semanas siguientes, Daniel y Jay Mendelsohn saldrán al encuentro no sólo de Odiseo en su regreso a Ítaca, sino también de ellos mismos, a partir de un código secreto y casi imperceptible de silencios, preguntas y respuestas que tienen a Odiseo y a Telémaco como magmas continuos y espejos enfrentados; aunque también al reflejo de su propia relación, hecha de espacios vacíos y abandonos, malentendidos y carencias, pérdidas y distancias.

Pero no estarán solos: del mismo modo que Odiseo tuvo una tripulación que salvó de la ira de Polifemo, los demás alumnos del seminario -esos estudiantes matriculados en el curso al que asiste el padre- intervendrán en la acción a modo de coro griego, siendo a su vez testigos y partícipes de este pulso invisible entre dos hombres -uno en su madurez, con su saber académico ofrecido durante el semestre mediante un sistema de diálogos platónicos, y otro en su vejez definitiva-, que intentarán encontrarse, por primera vez, dentro del texto homérico.

Con esta presentación, Una Odisea podría parecer una historia ingeniosa, porque la idea es brillante, en la que el lector podrá asistir al entendimiento lacrimógeno entre un hombre y su progenitor, mientras se nos van desgranando las claves simbólicas de un texto que ha sido el fuego originario de la literatura occidental y nuestra codificación identitaria. Sin embargo, a pesar de que pronto descubrimos que se trata de una historia auténtica y que los personajes aparecen con sus nombres reales, no hay una sola concesión al sentimentalismo.

El relato es tan duro como el carácter del padre, ese Jay Mendelsohn que promete a su hijo guardar silencio durante el curso, sí, pero ya el primer día interviene para cuestionar su discurso, aduciendo que Odiseo no era un auténtico héroe, porque había perdido a sus hombres en el trascurso de sus aventuras, no los había salvado del destino terrible que él mismo había causado y, además, había sido infiel a su esposa. A partir de ahí, el hijo tendrá que lidiar con las severas críticas del padre a cuanto él argumenta, para no perder el control de la clase -no olvidemos al muy atento coro griego de los estudiantes- y para no perder a su propio padre, con el que se mantiene unido por un frágil hilo de Ariadna, antes del posible encuentro, que cristalizará en el crucero que emprenderán los dos unos meses después, tras los pasos de Odiseo, desde las ruinas de Troya hasta Ítaca.

Hay tantos aspectos admirables en Una Odisea que uno sólo puede recomendar su lectura con pasión absoluta. Si estás entregado a la continua relectura de Homero y te van las historias de padres e hijos, desde luego es tu libro.

¿Novela, ensayo, curso sobre La Odisea, memoria? Los juegos de espejos y los paralelismos son continuos y nunca parecen impostados: si en La Odisea un muchacho -Telémaco- parte a Pilos y Esparta en busca de su padre ausente, en la epopeya personal de ambos Mendelsohn serán ellos, Odiseo y Telémaco, padre e hijo, los que se mirarán de frente. Así, la primera noche de jueves en que el viejo Jay se queda a dormir en la casa de Dan en el recinto universitario, le satisfará íntimamente descubrir que su hijo conserva la cama de madera que él mismo le construyó cincuenta años antes, la cama de madera en la que el profesor universitario y escritor Daniel Mendelsohn ha dormido siempre, y en la que dormirá su padre una vez a la semana las dieciséis semanas siguientes.

Es otro guiño: también Penélope pondrá a prueba la identidad de Odiseo, cuando regrese a Ítaca veinte años después, al preguntarle por la sólida -e inamovible- cama de madera que él mismo construyó antes de marcharse.

Un hombre llegará muy lejos navegando y ganará tesoros, pero los perderá antes de volver. Su hijo mientras tanto crecerá sin él y tendrá que buscar otros modelos que ocupen el lugar del padre ausente. El silencio entre ellos se superará sólo cuando empiecen a hablar de Homero, en el doble relato de la educación de un hijo.

¿Quién conoce de veras su propio linaje? El poema parece más real que las ruinas de Troya, confiesa Jay Mendelsohn a su hijo, tras visitarlas, a mitad del crucero. Esa noche, entre drymartinis, cuando narra a los pasajeros sus recuerdos de juventud, antes de la Segunda Guerra Mundial, aquellos días de confianza y pureza, Daniel aprende a verlo a través de los otros. Así el viejo Jay, a sus ochenta y un años, cogerá de la mano a su hijo claustrofóbico para lograr que desciendan juntos a la cueva de Calipso y le recordará que nunca es tarde para rescatar el pasado.

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