Messi frotó la lámpara en el Bicentenario
Messi y su magia

La gente fue a ver a la Selección, pero íntimamente lo que cada una de las 25.000 almas que acudieron anoche al San Juan del Bicentenario fueron a ver a Lionel Messi. La comunión entre el crack y el público se dio desde el momento que pisó la cancha para iniciar el calentamiento previo. El ‘de la mano de Lio Messi todos la vuelta vamos a dar’ bajó como una caricia de las gradas.
El genio de la zurda comenzó a afianzar la relación cuando practicó tiros libres. Tiró seis, el primero se fue desviado y después colgó dos de los ángulos del arco que ocasionalmente cuidaba Armani.
Después durante el partido se movió con la parsimonia que lo hace en el Barcelona, parado en tres cuartos sobre la derecha para, dando dos pasos hacía atrás o dos a los laterales o al centro encontrarse con la pelota y tocar.

Jugó 45 minutos, hizo dos goles y mostró su calidad en diferentes facetas. Ya como goleador, convirtiendo dos tantos, uno con su sello característico de ingresar al área de derecha a izquierda limpiando rivales para definir de zurda cruzando la pelota. Y el otro como un 9 de área pescando un rebote después que el arquero no pudo retener un remate del Kun Agüero quien había sido habilitado por Giovani Lo Celso, quien ayer junto a Matías Suárez sintonizaron la misma onda del capitán e hilvanaron algunas jugadas que permiten abrigar esperanzas en el funcionamiento ofensivo del equipo.

Verlo a Messi en el campo de juego es un gusto. No corre. Flota. Parece que no está y aparece como por arte de magia en la jugada o pellizcando un balón para iniciar un ataque en pleno campo rival o mostrándose de espaldas al arco para recibir y sin mirar -o mejor dicho habiendo relojeado todo con ese ojo que tiene en la nuca- habilitar a un compañero. Con Agüero se entiende de memoria, no hace falta que se busquen porque el goleador del Manchester City se mueve como un satélite alrededor de su planeta esperando el momento exacto para alinearse y provocar un sismo que puede ser letal para las defensas adversarias.

No estuvo preciso en los tiros libres, los dos que tuvo, uno desde 25 metros del medio a la derecha y otro desde 18 metros, volcado hacia la izquierda no superaron la barrera. Fue el dueño de todas las pelotas paradas y cada córner ejecutado por él, mantuvo en vilo a los entusiastas nicaragüenses que cumplieron con dignidad su rol de partenaire.

Sin gritar impuso su marca al juego de un equipo que busca afirmar su identidad en el control de la pelota pero aún navega sobre aguas inquietas.

Sus cambios de ritmo de 0 a 100 en escasos segundos complicaron a los adversarios y encendieron a la gente que por largo rato asistió a una siesta de toques hacía atrás e intrascendentes. Por San Juan pasó un Messi en estado puro. Al genio le alcanzó con frotar la lámpara un par de veces y dibujar una multitudinaria sonrisa.

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