Kodama
María Kodama y Jorge Luis Borges

El recién renovado salón de lectura de la Biblioteca Argentina luce sus pisos de pinotea, sus barandas de hierrro, sus hileras de libros en la altura. Inmejorable escenario para una charla sobre literatura. En la tenue luz cálida destaca, al fondo, una figura inconfundible: la melena canosa y los lentes oscuros redondos indican que ahí está María Kodama.

La famosa viuda y firme custodia de la obra de Jorge Luis Borges vino a Rosario invitada por la Biblioteca, y su presencia convocó, como era de esperar un público numeroso,que se quedó sin sillas y en gran parte debió escuchar de pie. La levísima voz de Kodama no dejó de ser un problema, pese a algunos cambios de micrófono. La administradora de la obra de Borges y de la fundación internacional que lleva su ilustre nombre se apoyó en las preguntas de los escritores Marcelo Ciani y Alicia Salinas, que llevaron el hilo de la charla, presentada como «un conversatorio».

Kodama fue hilando anécdotas y definiciones. Pese a su mínima fuerza vocal y a la lejanía de su figura para muchos de los concurrentes, se llevó varios aplausos y provocó risas en algunos pasajes. Ciani quiso saber de su padre japonés, qué tanto influyó en la formación de su carácter, y Kodama, protegida de los reflectores por sus gafas negras a lo Lennon, se explayó sobre la cultura nipona, fundada en el respeto absoluto de la palabra. La estética refleja una ética, decía Borges. Ciani preguntó entonces sobre la libertad en ese contexto y ella respondió que «mi padre me hizo conocer la libertad con responsabilidad» y relató una anécdota, ya conocida, del pino que quería escalar de niña.

El padre le expuso todas las opciones y peligros de la empresa y ella eligió libremente. Se cayó y terminó en el hospital. Pero su padre no la reprendió, «jamás me dijo ‘yo te lo dije'». «La libertad es actuar y aceptar las consecuencias. Sin fastidiar a los otros», redondeó, ganándose un firme aplauso. Luego la charla, como un río, fluyó por todos los ítem vinculables a la viuda de Borges. Los dos escritores locales la guiaron a las anécdotas de su contacto con Borges cuando aún era una adolescente, algo que escandalizaba a su madre. Preguntada sobre el feminismo, Kodama, que bien podría sumarse a la corriente, prefirió internarse en el arduo asunto del amor, que ve como opuesto a la «posesión diabólica».

Como se sabe, Kodama no se reconoce como viuda. «Continúo con él y él conmigo», afirmó en otro momento, y recibió otro aplauso, suave y sentido, del público. Luego se internaron los tres, Kodama, Salinas y Ciani, en el libro que ella publicó hace un par de años, «Relatos». Como casi todo con Kodama, la trama de la publicación es complicada y dramática: hay un artista italiano agonizante, un editor que se niega a publicar un texto ilustrado por ese hombre enfermo. Ella suma entonces varios textos y alguna amenaza y así sale la obra a la luz, a tiempo para que el italiano Alejandro Kokocinski, la pudiera ver.

Para ella, la lectura es «una forma de escapar de la realidad, siento tanto placer como bailando. Hago todo por placer, si no, no lo hago». Le preguntan entonces por la Victoria de Samotracia y su descubrimiento de esa escultura clásica. Fue, de nuevo, su padre, el que le hizo conocer la famosa obra sin cabeza en un libro y le enseñó el valor de la túnica movida por el viento como fuente de su belleza. Años después verán la obra original con Borges, quien le comentará «encontró lo que su padre le dijo». También recuerda un encuentro casual con Julio Cortázar en un museo, una anécdota nada amigable con la famosa escritora mexicana Elena Poniatowska, y decenas de pequeñas historias. La charla continuó en la sala de lectura de la Biblioteca Alvarez, desgranando pequeñas anécdotas que cautivaron a la audiencia. La diminuta voz casi inaudible había logrado encantar a los que habían ido a escucharla.

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