¿ESTÁN DADAS LAS CONDICIONES PARA OTRO GOLPE DE ESTADO?; por Claudio Hugo Naranjo
Isabel Martínez de Perón-Cristina Fernández de Kirchner

Recordaba el papel de la política y especialmente del Congreso Nacional en aquellos días preliminares al 24 de marzo de 1976, sin dejar de mencionar, el Poder Judicial, los sindicatos y el empresariado; sirva ese día, entonces, para rememorar lo que no queremos que vuelva a ocurrir: instituciones que no reaccionaban frente a las crisis con final anunciado. Juan Domingo Perón, en su tercer mandato llegó a gobernar casi nueve meses. Fallecía el 1° de julio de 1974 y la sucesión constitucional ubicaba en la Primera Magistratura a su esposa. No hace falta desarrollar nuevamente aquí el terrible desgobierno que desplegó la administración de María Estela Martínez de Perón. Frente a tal cuadro de desquicio, las alternativas eran tres: la renuncia de la Presidente; lograr su desplazamiento por vías institucionales como primer paso para superar la crisis y esperar, una vez más, la acción ‘correctiva’ del poder armado, o sea, el golpe de Estado.

Salvo la guerrilla, la Triple A, los grupos paramilitares y los parapoliciales, el resto es un exacto reflejo hoy del pasado; si bien  aún no contamos los muertos por enfrentamientos armados de distintos bando –dentro del peronismo y la oposición-, aquellos, nos querían llevar a la Cuba de los Castros, hoy  a la misma isla, más a la Venezuela del asesino-dictador Nicolás Maduro. Isabel estaba tan cuestionada en lo moral como hoy la actual vicepresidenta de la Nación -porque Alberto Fernández no existe, hablemos claro-. La Cámpora comienza a quedarse con las empresas privadas –Vicentin y hoy Latam; el empresariado es tibio y miedoso, ve pocas salidas pero calla; el sindicalismo pertenece al partido del gobierno, existe una pequeña división, pero es nimia.

Cabe recordar, (1976) que desde diferentes ámbitos se había solicitado la renuncia de la Mandataria e, incluso en el mismo mes del golpe, varios grupos parlamentarios de ambas cámaras pidieron convocar a la Asamblea Legislativa para relevarla del cargo, pero Italo Luder denegó el pedido de convocatoria. Pero antes de rechazarse el recurso de la Asamblea, el Congreso ya se había enfrentado con la alternativa del juicio político a la Presidente. Efectivamente, la vía institucional de destitución presidencial se intentó, aunque sin existo, un mes antes del Golpe.

Si bien el tratamiento sobre tablas no prosperó, las condiciones puestas en juego no podrían haber sido más prometedoras. a) la manifiesta y evidente falta de idoneidad de la Presidente, b) el mayor partido de la oposición –la UCR- a favor del progreso del impeachment, y c) la división en el seno gobernante. Queda a la vista que no solo los peronistas verticalistas o leales a la Presidente votaron en contra. También lo hicieron otras fuerzas políticas.

La mayoría de los diputados obraron con cierto irrealismo político. Desecharon la más que probable ruptura institucional y, al menos durante el transcurso de la sesión, no ofrecieron alternativas institucionales viables para superar la crisis o que la suerte ya estaba echada. Así, todos desempeñaron un papel contrario a sus propios intereses; los verticalistas buscaban tejer unas redes con el poder militar –incluso hasta la “bordaberrización”– para lograr el apoyo que evitara caer en el abismo y, paradójicamente, acusaban de “golpistas” a la oposición.

Los desencantados que habían integrado el FREJULI no daban más crédito a la Presidente, pero no se animaban a dar el paso necesario para su desplazamiento. Y no todos los que se inclinaban hacia el juicio político –y votaban a favor de su tratamiento– confiaban íntimamente en que era el mejor remedio e incluso que hubiera salida real alguna frente al grado de descomposición alcanzado. En realidad, el escenario parlamentario dramatizó el contexto político e institucional del país y contrapuso como espejo a un vacío de poder un cuadro de inmovilismo e impotencia, configurando un suicida callejón sin salida.

Los tramos finales que preludiaron el golpe mostraron una cruda disputa entre los verticalistas, los moderados y los rebeldes. Los primeros exhibían un apoyo incondicional a la Presidente; los segundos reclamaban rectificaciones inmediatas del Gobierno advirtiendo el riesgo del golpe y el último sector era el que mayor distancia y cuestionamiento ponía en relación a Isabel y a su gobierno.

El cuadro se completaba con un sindicalismo y un empresariado que hicieron muy poco para mantener la dinámica política dentro de los cauces de moderación necesarios para desdramatizar el conflicto social y reconducirlo por las vías institucionales pertinentes.

Por fin, las Fuerzas Armadas, que pasaban del teórico “profesionalismo prescindente” al emplazamiento al gobierno, a fines de 1975, amenazando con su intervención si el proceso político no se autorregeneraba. El Congreso fue, entonces, reflejo microscópico de la descomposición social de un régimen que se autoconsumía y que en clave política mostraba a un gobierno aislado, sectario y que pretendía llenar el vacío de poder con un estilo impotente y sin contenidos. Por qué las instituciones de un régimen democrático no están a la altura de los acontecimientos… porque son parte del ‘Gran Problema’, nadie quiere dejar de mojar el bizcocho. El Congreso pudo haber hecho más de lo que hizo para reconducir la extrema crisis política y evitar el golpe del 24 de marzo de 1976. Al menos, debió haberlo intentado.

El gobierno más corrupto de la historia va rápidamente ingresando en un callejón sin salida, la oposición en el Congreso no reacciona; el Covid-19 va destruyendo las bases de la Argentina siempre apoyada en la clase media, el gobierno solo insiste con el aislamiento y Cristina, amparada en la connivencia con el Poder Judicial, solo busca la inmunidad para ella, sus hijos y sus comprometidos exfuncionarios, hoy nuevamente, manejando cajas del estado. Si la oposición en el Congreso no exige transparencia y comienza a revertir el descontrol del kirchnerismo, después no se quejen si tienen que compartir camarotes con los que hoy gobiernan. Siempre se encuentra un  33 Orientales. Porque se huele que algo está por ocurrir.

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