JUAN DOMINGO PERÓN SUSPENDE EL ACTO DEL 17 DE OCTUBRE; por Claudio Hugo Naranjo

“El 12 de octubre de 1973 asumió Perón la tercera presidencia y anunció que el 17 de octubre, fecha máxima del peronismo, no sería festejado para evitar incidentes. Perón desconcertaba por segunda vez al pueblo: primero la destitución sin piedad de Cámpora; ahora un nuevo aval al discurso amenazador de la derecha. Perón ya había tomado partido”. (Página 45 del libro “1970”).

Si bien, Perón sorprende, al “Día de la Lealtad” era necesario y prudente suspender, la “Masacre de Ezeiza” (20 de junio) estaba aún caliente, las víctimas de aquel atentado se estaban preparando para la revancha. Iba a correr mucha sangre y nadie la podría controlar. Las dos fracciones estaban armadas hasta los dientes, tenían más armas que el 7° Regimiento de Infantería.

“El 25 de septiembre de 1973, dos días después de haber sido elegido Juan Domingo Perón como Presidente de la República, caía asesinado el número uno de la CGT, José Ignacio Rucci. Un mes antes de aquel hecho, en un acto de campaña miembros de la Juventud Peronista, la JP, unida a los Montoneros, coreaban: “¡Rucci, traidor! ¡A vos te va a pasar lo mismo que a Vandor!”. Ese había sido el anuncio de la condena a muerte por quienes cuatro años antes, entonces identificados como la agrupación guerrillera Descamisados, luego unida a Montoneros, habían asesinado a Augusto Timoteo Vandor, jefe sindical de la Unión Obrera Metalúrgica. A diferencia de aquel asesinato y de muchos otros, los Montoneros no reconocieron formalmente su responsabilidad en el de Rucci, aunque quedan pocas dudas sobre su autoría. De acuerdo a una investigación realizada por el periodista Ceferino Reato y relatada en el libro  “Operación Traviata”, el atentado fue programado y ejecutado por un pelotón de los Montoneros encabezado por Julio Roqué. La denominación de la operación correspondió a sus autores y expone claramente que se la tenían jurada después de aquel 20 de junio. La galletita usada con una rodaja de jamón en las clásicas “Traviatas”, tenía 23 agujeros, la misma cantidad de disparos en el cuerpo de Rucci”.

“Tenía los días contados, después de la masacre de Ezeiza, a la mano derecha de Perón las organizaciones de izquierda ya le habían picado el boleto; fue uno de los autores intelectuales de aquella emboscada. Se comenzaba a convivir con la violencia, pero era tan sólo el principio”. (Página 48 del libro “1970”).

“Fue en esa etapa, pero a principios de 1974, donde se advierte el estrecho vínculo entre los paramilitares de derecha y las fuerzas represivas, tanto policiales como militares. Es el momento en el que comienza a perfilarse un procedimiento que más tarde sería cotidiano: el arresto de militantes y su ejecución sumaria”. (Página 59 del libro “1970”).

“López Rega combinaba estas maniobras políticas con el incremento de la violencia represiva, con la anuencia de Perón. La Policía Federal fue colocada a las órdenes del comisario Villar, y Coordinación Federal en manos del comisario Margaride. Decenas de activistas de derecha fueron incorporados formalmente a la Policía, y en el Estado Mayor de Villar apareció un ex militante de Tacuara, Federico Rivanera Carlés”. (Página 61 del libro “1970”).

Algunos colaboradores de Perón sostienen que le preocupaba la violenta confrontación en las filas del movimiento, que reaccionó indignado ante la muerte de Rucci, pero enseguida pidió mesura y señaló la necesidad de que “todos entierren los fierros”, ordenó a los dirigentes sindicales que no le brinden ningún apoyo a los grupos de derecha, que después del primero de mayo señaló que era fundamental recomponer la unidad del peronismo. Pero en la práctica no adoptó iniciativas para lograr esos objetivos, y cuando menos por omisión fue responsable de la situación imperante a la hora de su muerte. (Página 67 del libro “1970”).

“En su último discurso, el 12 de junio, tres semanas antes de morir, Perón había dicho que mucho se especulaba con la sucesión, pero nadie debía llamarse a engaño porque su único heredero era “el pueblo”. Hermosas palabras, dignas de un jefe moribundo, pero carentes de realismo frente a un conflicto que él conocía perfectamente”. (Página 67 del libro “1970”).

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