«LA COPA DE CRISTA»; por Claudio Hugo Naranjo

Ayer pensé mucho en ti, es que, parece… que no logro olvidarte. Me parece oírte hablar, de pronto veo tu imagen frente a mi, siento ruidos en la cocina u oigo la lluvia caer en el baño. Que más da que lo cuente, si ya todos saben, que estoy loco. Mi locura esta alcanzando la última cuerda de mi conciencia, aquella de la última función, aquella de la última canción. Espero el fin con la cordura de los grandes momentos, de aquellos acontecimientos en los cuales no se puede estar ausente. Me terminaste de volver loco. Faltaba un cachito y lo lograste.

Hoy, cayo mi mano pesadamente sobre una copa de vino, fue un accidente, de los que suceden en segundos. Mi muñeca partió el fino cristal y estallaron por los aires partículas de vidrios, carne y sangre. Como en un soplo de la vida que se va, me vi irme por las bocanadas rojas de mis venas. Las fracciones de segundos me decían, que debía dormirme sobre el amarillo mantel de la mesa roja… pero no quise, y me estallo la locura. Logre alcanzar las vendas que utilizo para boxear, me hice un torniquete a la altura del codo, rodee la herida que no dejaba de emanar rabia e inicie la tarea de coserme el tajo.

Si, estoy loco. Busque la aguja mas filosa y grande de colchón, la queme en el fuego de la hornalla, lave el hilo colchonero con alcohol etílico, enhebre la puta aguja, me quite la venda que rodeaba la herida, me lave la herida por fuera y por dentro. Hurgando encontré un pedazo de cristal. Apreté más el torniquete. Tire una toalla sobre la mesa, y como quien cose un matambre, mordiendo un pañuelo entre los dientes, inicie la sutura de ese tajo de seis centímetros y profundo como una cueva. Observé que faltaba un pedazo de carne, apoye mi brazo sobre la toalla y la aguja entro lentamente en aquella zona desconocida, sabiendo yo, que ya no habría retorno. Supe desde un principio que no podía darme el lujo de perder la conciencia, si el primer pinchazo no me tumbaba, iría por el segundo. Allí estaba, en la otra costa. El hilo suavemente iba deslizándose por mi cuerpo, lo sentía dentro del alma. La punta filosa de mi arma no encontraba la forma de abrirse paso en la otra costa, aquella, la cual, para que me entiendas… no estaba colgando.

El agua dulce de mis sienes caía sin contención. Se abrió paso el filo y comencé a cerrar mi herida. Termine la sutura con el lazo que se hace al coser el botón de la camisa. Corte con la tijera el hilo, moje gasa con alcohol y vende mi muñeca. Y aquí estoy, aguardando que la naturaleza produzca el milagro, sin antibióticos, sin penicilinas. Que más da, si pasara. Hoy bebía, mientras pensaba, que he alcanzado el punto más elevado de la locura. Podría haberme amputado una pierna o un brazo, y no hubiera sentido nada. Creo saber porque… porque no logro olvidarte. Te he querido y cuidado tanto mi vida. ¿Dónde estas?. ¿En que puertos están tus pensamientos?¿Nuevos barcos?¿La brisa, mi vida, es tan distinta?¿Los vientos soplan como huracanes?¿O son manantiales de paz?. Por mi parte, podre enamorarme una y mil veces más. Pero siempre, quiero que tu lo sepas, no podría dejar de amarte. Rencores, odios mezclados, no han podido con tu amor.

¿Recuerdas?… ¿Por qué te quise tanto?…¿Te quiero o ya te quise?…¿Amor, que hiciste?.
Mi brazo cae pesadamente sobre la copa de cristal… (más…)

Continuar leyendo «LA COPA DE CRISTA»; por Claudio Hugo Naranjo